Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe,

Catedral de Ciudad Quesada, miércoles 12 de diciembre de 2018.

Queridos hermanos en el Señor:

Con gran gozo y gratitud celebramos la fiesta de nuestra Copatrona diocesana, Nuestra Señora de Guadalupe, por cuya intercesión pedimos al Señor por las intenciones y necesidades de nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada. Siempre, pero especialmente en este tiempo de Adviento, María nos lleva a Jesús, nos motiva a que con mucha ilusión y esperanza nos encontremos personalmente con él. Ella lo esperó con tanto deseo, ella lo acogió con tanta generosidad. Tengamos estos mismos sentimientos y actitudes de apertura y acogida de nuestra Madre Santísima.

Contemporáneamente, celebramos hoy también el 39 aniversario de la dedicación o consagración de esta Iglesia Catedral, cabeza y madre de todos los templos de la diócesis, acontecimiento que nos recuerda e invita permanentemente a ser y actuar como una Iglesia viva y dinámica, con auténtico impulso misionero y apostólico, pues la Iglesia está conformada por piedras vivas que somos nosotros todos los bautizados.

Celebrar hoy a María de Guadalupe como patrona de América y de nuestra Diócesis, significa también experimentar la cercanía, solicitud y ternura materna de la Virgen que se preocupa de manera particular por todos nosotros sus hijos, sobre todo de los pobres, enfermos, sufridos y más necesitados. Así se ha presentado siempre María en sus diversas manifestaciones y advocaciones.

Las lecturas que se han proclamado de la Palabra de Dios, nos permiten palpar esta cercanía de Nuestra Señora hacia nosotros y la especial relación de ella con su Hijo Jesús. La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, se trata de un himno de alabanza a la sabiduría que nos hace pensar en la persona de Jesús, hijo de María, Verbo encarnado y segunda persona de la Santísima Trinidad. En la sabiduría está la gracia, el camino, la verdad, la esperanza de vida y toda clase de virtud. Se nos invita a ir y buscar esa sabiduría, a llenarnos de sus dones y dulzores, a saciar el hambre y la sed que podamos tener. Sólo en Dios, en Jesús, hijo de María, podremos alcanzar estos dones de la sabiduría de los cuales nos habla el texto. Pero, también, la Iglesia aplica a María esta imagen de la sabiduría, pues ella es la madre del amor, del conocimiento y de la esperanza, que es Jesús, a quien esperamos precisamente del seno maternal de María en este Adviento.

Este santo tiempo es tiempo de esperanza, y la segunda lectura de la carta a los gálatas nos habla de cumplimiento de las promesas, de la plenitud de los tiempos cuando la Sabiduría hecha carne, el Hijo de Dios, entra en la historia, asumiendo nuestra carne, naciendo de mujer, para convertirnos en hijos de Dios por adopción. Por el sí de María ha entrado la salvación al mundo, por su fe, confianza y disponibilidad a Dios. Ella se nos presenta como modelo de verdadera creyente: apertura, obediencia y docilidad a la gracia.

Finalmente, el evangelio de Lucas nos ofrece la visita de María a su pariente Isabel y el encuentro de dos mujeres agraciadas y bendecidas por Dios, de dos que van a ser madres milagrosamente: una joven virgen y la otra una anciana estéril. Ambas están llenas del Espíritu Santo, se gozan y exultan en Dios. María va al encuentro de Isabel para compartir el regalo maravilloso de la maternidad, del Verbo encarnado en su seno, va a compartir el don más grande y maravilloso que podemos tener: Dios. Por su parte, Isabel exalta la fe de María: su confianza, apertura, docilidad y obediencia a la voluntad de Dios: ¡Bendita tú entre las mujeres, bendito del fruto de tu vientre! “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá todo cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Y notemos, hermanos, que María, como mujer de fe, reconoce las maravillas de Dios en su vida y, por ello, alaba, agradece, bendice. “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”. Cuánto tenemos que reconocer, agradecer y bendecir a Dios como María. Que el Señor nos regale una mirada sobrenatural de fe y un corazón agradecido que alabe todas sus bondades.

Un día como hoy, hace 487 años, el 12 de diciembre de 1531, sobre la colina del Tepeyac, de la actual ciudad de México, María de Guadalupe se acerca y nos visita, sale al encuentro del pobre y necesitado, en la persona de San Juan Diego, para decirnos que está a nuestro lado, que nos conoce y se preocupa por nosotros, que ella es madre tierna y cercana que nos invita a confiar. Por ello, resuenen hoy en nosotros sus palabras a San Juan Diego: “No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?”. Ella es ante todo Madre, la Guadalupana es templo y sagrario viviente de la divinidad, pues porta en su seno al Hijo de Dios.

La imagen milagrosa de Guadalupe es una mujer indígena embarazada que lleva en su seno al Sol (Cristo) que ilumina todas nuestras dificultades, sufrimientos y preocupaciones. María está al lado de su pueblo, camina con nosotros, vela por nosotros y nos lleva a Jesús, es más, nos da a Jesús como la alegría y la salvación de nuestra vida. De verdad, ella es la Madre del amor hermoso.

Como sacerdotes, como laicos y como miembros todos de la Iglesia, de la cual María es modelo, vivamos como hombres y mujeres de fe, fiémonos como ella de la palabra de Dios, reconozcamos su paso y acción en nuestra vida, agradezcamos y bendigamos las maravillas que hace en medio nuestro. Que esta experiencia de fe y amor nos ayude a ser más fieles y comprometidos en nuestra misión de Iglesia, a ir como María al encuentro de los demás, a salir al paso de los sufrimientos y dolores de los hermanos siendo solidarios con ellos. Una Iglesia de fe, una Iglesia en salida y cercana, una Iglesia servidora en la caridad es lo que debemos ser y de lo cual debemos dar testimonio.

Por gracia de Dios y por tercera ocasión, un nuevo grupo de fieles de la diócesis peregrinaremos, el próximo mes de enero, hasta la casa de Santa María de Guadalupe, en el Tepeyac, México, donde tendremos nuevamente la oportunidad de orar y poner a las plantas de la imagen morena las intenciones, inquietudes, necesidades, alegrías y sufrimientos de nuestra Iglesia Particular y de cada uno de los que la conformamos. En verdad estas peregrinaciones diocesanas han sido una verdadera gracia y bendición para nuestra Iglesia Particular.

Hermanos, que esta Eucaristía, en la cual recibimos a la Sabiduría hecha carne como alimento de vida eterna y que asumió nuestra condición humana en el seno bendito de María de Guadalupe, nos ayude y fortalezca para hacer de nuestra Iglesia Particular un modelo y testimonio vivo de las actitudes de fe, confianza, amor y servicio que distinguieron la vivencia de María como creyente que siempre hizo lo que Dios le pidió e hizo de Él su alegría, su gozo y su riqueza más grande.

Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros. Que así sea, amén.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada