Recientemente conocimos que Costa Rica es la segunda nación de América Latina con mayor acoso escolar o bullying. Así lo daban a conocer autoridades del Colegio de Psicólogos desde un estudio realizado entre 2014 y 2016 por el Instituto de Estudios Interdisciplinarios de la Niñez y Adolescencia de la Universidad Nacional y de otras informaciones recogidas por el mismo Colegio.

Los datos revelaron que el bullying afecta al 60% de estudiantes del país y que las secuelas de estas agresiones prevalecen hasta por 40 años.

Lo primero que tenemos que decir es que el bullying es sinónimo de maldad. El bullying nos aleja de Dios y nos separa de su mandato divino de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (numeral 31): “El respeto a la persona humana supone respetar este principio: Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente”.

También tenemos que decir que los niños son los preferidos de Jesús y si en esta etapa de sus vidas, que supone un proceso de formación y educación, encuentran agresión de otros compañeros sin que hagamos nada, somos responsables de las consecuencias provocadas por el bullying. Ya Jesús nos lo decía claramente en su Evangelio que lo que hagamos con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos con él (cf. Mateo 25, 40).

Eduquemos a nuestros niños y jóvenes en el respeto a los demás. Es importante que aprendan de ciencias, de matemáticas, de idiomas o historia, pero en la familia nuestros niños y jóvenes deben ser educados en valores, es necesario que sean educados para una vida en sociedad, donde el respeto a la dignidad del otro es elemental para la sana convivencia.

Y es que, tomando en cuenta los datos de los cuales nos alertan los expertos psicólogos, si una persona adulta arrastra las secuelas de haber sufrido acoso escolar en su niñez o adolescencia, debe buscar ayudar profesional y que, a la vez, sirva de ejemplo para no repetir estos patrones con sus hijos, sobrinos y otros familiares. En general, nos corresponde cuidar del otro que es mi hermano, especialmente del más pequeño.

Las autoridades educativas y los educadores se convierten también en actores principales de nuestra sociedad, para ser vigilantes de lo que ocurre en los centros donde los niños y jóvenes pasan gran parte del día. Estos centros educativos deben ser lugares seguros contra la agresión.

También el llamado es hacia dentro de la Iglesia, en nuestras parroquias, donde niños y jóvenes pasan tiempo recibiendo catequesis o son parte de grupos apostólicos.

Entre todos, sacerdotes, servidores, padres de familia, y desde luego, los propios niños y jóvenes, debemos estar vigilantes y dar testimonio del amor de Jesús para con el más pequeño, pues en la casa de Dios debe habitar el respeto, el cuidado y la compasión.

En todo ámbito y lugar debemos desterrar el bullying. Que este flagelo, que nos tiene en América Latina en una vergonzosa posición, sea motivo para despreciar esas acciones, para impregnar valores con nuestro ejemplo, para cuidar a nuestros niños y jóvenes, y para evitar que entre los más pequeños se imiten ejemplos de odio, muchas veces presentes en nuestra sociedad.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Fermento: ¡iluminando la realidad nacional!

Martes 10 de julio, 2018

Nº12