Fiesta del Apóstol Santiago

XXIV aniversario de la Diócesis de Ciudad Quesada, jueves 25 de julio,

Catedral, 6:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor:

Con esta solemne Eucaristía, celebramos dos acontecimientos eclesiales. Uno a nivel universal como es la fiesta de Santiago el Mayor, el primero de los apóstoles que dio testimonio supremo de Cristo a través del martirio. Y el otro acontecimiento a nivel particular como es el XXIV aniversario de la creación de nuestra Diócesis de Ciudad Quesada por parte de San Juan Pablo II, allá el 25 de julio de 1995. Desde ya empieza a correr y nos preparamos para celebrar, Dios mediante, el año próximo, 25 años, un cuarto de siglo, de vida y camino de esta Iglesia Particular.

Por todo esto damos gracias a Dios y, por supuesto, ambos acontecimientos celebrativos que nos congregan esta noche, nos iluminan, interpelan y desafían como miembros de la Iglesia hoy, sobre todo en el contexto de las circunstancias particulares en medio de las cuales vivimos. Por ello, mirando, una vez más, el misterio y la misión de la Iglesia, permítanme compartir con ustedes dos puntos de reflexión.

1.- Iglesia instrumento:

La comunidad eclesial, fundada por Cristo sobre la base sólida de los apóstoles, no es un fin, sino un medio e instrumento para la obra y el plan de Dios. Ella es sacramento de salvación, instrumento para hacer llegar y comunicar la vida y la presencia salvífica de Cristo a quienes forman parte de ella.

Decía San Pablo, en la primera lectura, que “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que sea vea que esa fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros mismos”. Ese tesoro, sin duda, es la vida de Dios, la fe, el evangelio, la salvación que Él nos ofrece. Y esas vasijas de barro somos nosotros, los miembros de la Iglesia que, con nuestra fragilidad y limitación, incluso en medio de la dimensión pecadora de la Iglesia, portamos, llevamos dentro de nosotros mismos y en el seno de la Iglesia, ese tesoro de Dios. Por ello, la fuerza, la eficacia y el fruto no dependen de nosotros, sino de Dios, de manera que, la Iglesia y cada uno de nosotros que la conformamos somos instrumentos de esta vida de Dios.

Al mismo tiempo, el apóstol dejaba patente que, en cumplimiento de la misión encomendada, la Iglesia experimenta pruebas, sufrimientos, preocupaciones y hasta persecuciones, pero, pese a todo ello, no nos angustiamos, no nos abrumamos ni nos desesperamos porque la obra es de Dios, la fuerza es del Señor, y nosotros somos instrumentos.

Nuestra tarea eclesial, como decía el apóstol, es manifestar, dar testimonio de la vida de Jesús, y esto nos expone a cualquier clase de dificultad, prueba o sufrimiento. Decía un autor, que leía un día de estos, que en no pocos ambientes sociales se percibe hoy en día y claramente una “Cristofobia”, es decir, rechazo y hasta persecución de todo lo que sea Dios, fe cristiana e Iglesia. Allí tenemos todo un espacio y oportunidad para dar testimonio de nuestra fe y de nuestra pertenencia a la Iglesia, recordando que el mismo Señor nos anunciaba que en el mundo tendríamos luchas, pero que Él ha vencido al mundo.

Seamos esa Iglesia instrumento, que porta y lleva en sí misma la riqueza y el tesoro de la salvación, de la fe y de la vida de Dios. Pero recordemos que esta tarea y misión implican testimonio decidido, valiente e incluso heroico de nuestra parte. Un testimonio radical y apasionado a semejanza de los apóstoles.

2.- Iglesia servidora:

Nos contaba el evangelio de Mateo que la madre de Santiago y Juan -los Zebedeos- pidió a Jesús que sus hijos se pudieran sentar a la derecha y a la izquierda en su Reino. Y ellos, a su vez, manifestaron estar dispuestos a pasar por el cáliz o la prueba de la pasión de Jesús. Es interesante ver que Jesús no les condena sus pretensiones, pero sí les rectifica sus intenciones, proponiéndoles el camino de la propia entrega y del servicio.

Esta es la lógica de la propuesta de Jesús; la entrega y el servicio, no el privilegio ni el poder. Esta debería ser la forma de ser y de actuar de la Iglesia: la propuesta del siervo, del último, del esclavo. Allí está la clave para ser primeros o grandes, no en el poder o el privilegio humano, sino en la capacidad de morir, de dar la vida, de ser los últimos, a semejanza del Señor que no vino a que le sirvieran, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos. Así se resume la misión y el modelo de lo que debe ser la Iglesia y de cada uno de nosotros que la conformamos. He ahí el punto de examen que hemos de hacer, es decir, si estamos siendo y viviendo como Iglesia así. Y también allí está el reto que debemos asumir con renovado impulso y entusiasmo, a semejanza de los apóstoles.

No cabe duda que los apóstoles, y en especial Santiago el Mayor, cuyo martirio hoy recordamos, tuvieron grandes deseos de evangelizar, de llevar el tesoro de la vida de Dios a los demás y de dar testimonio manifestando la vida de Cristo. Cuántos en la Iglesia han tenido grandes y santos deseos para asumir retos, dificultades, rechazos, odios, persecuciones e incluso la muerte para evangelizar y dar testimonio de la fe. Ojalá seamos hoy nosotros esos cristianos, esos miembros de la Iglesia y de la Diócesis que tenemos grandes deseos y santas ambiciones de ser instrumentos, servidores, apasionados evangelizadores y valientes testigos, eso sí, purificándonos de todo egoísmo o pretensión simplemente humana o personal. Estamos llamados a tener la mente de Cristo y un verdadero sentido sobrenatural y de fe, para ser, estar, pertenecer y actuar en la Iglesia; de lo contrario, todo lo veríamos con ojos humanos, ambiciosos y egoístas, lejos del plan de Dios.

Pidamos al Señor, en esta Eucaristía, que ponga en nuestros corazones los grandes deseos y las santas ambiciones de aquellos apóstoles -en especial de Santiago- para bien de toda la Iglesia y en especial de nuestra Diócesis, donde estamos llamados a ser instrumentos y a servir dando la vida, como lo hizo Jesús, entregándonos su cuerpo y su sangre como alimento y fortaleza.

Así sea, amén.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada