EUCARISTÍA DE LA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE CIUDAD QUESADA, COSTA RICA, A LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, CIUDAD DE MÉXICO, 17 ENERO 2019.

Queridos hermanos que peregrinamos desde Costa Rica y también todos ustedes que nos acompañan en esta insigne y nacional Basílica:

Por gracia de Dios y benevolencia de la Virgen María, un grupo de cincuenta y siete peregrinos de la Diócesis de Ciudad Quesada, Costa Rica, hemos llegado hasta esta Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en el Tepeyac, para agradecer tantos dones, pedir por nuestras necesidades y ponernos bajo el amparo maternal de la Santísima Virgen María. Como hijos, venimos a visitar la casa de la Madre Patrona de América y, en nuestro caso, Copatrona de nuestra Iglesia Particular.

En nombre de todos quienes conformamos nuestra peregrinación, quiero agradecer sinceramente al Venerable Cabildo de esta Insigne y Nacional Basílica por habernos acogido y permitido peregrinar y celebrar esta Santa Eucaristía en el altar principal. Gratitud también para cuantos han hecho posible que aquí estemos fortaleciéndonos espiritualmente en la fe, la esperanza y el amor. Esta es la tercera ocasión que el Señor nos permite realizar esta peregrinación diocesana: 2016, 2017 y ahora 2019.

Sin duda, esta peregrinación de 57 fieles de nuestra Diócesis es un regalo providencial que nos alienta en nuestra relación con Dios y en el amor a la Santísima Virgen, pero, al mismo tiempo, es una importante manifestación de comunión eclesial, pues un grupo significativo de fieles de nuestra Iglesia Particular se presenta aquí unido, con sus ilusiones, esperanzas, súplicas y gratitudes, buscando cumplir aquella palabra y consejo tan importante de María con relación a Jesús: “Hagan lo que Él les diga”. La fe, la confianza y la intercesión de María nos inspiran para poner, en este momento, y en manos de Dios, nuestra vida, intenciones, necesidades y nuestra Diócesis misma. Lo que somos, lo que hacemos, lo que necesitamos y todo aquello que esperamos y anhelamos, lo hacemos ofrenda con la Santísima Virgen para presentarlo confiadamente al Señor. Estar y celebrar aquí, en la casa de la Madre del Dios por quien se vive, nos enseña a cumplir la voluntad de Dios, nos anima con renovado entusiasmo a ser fieles a los retos y desafíos que tenemos como Iglesia Particular en el cumplimiento de la voluntad de Dios y de la misión evangelizadora que hemos recibido de parte de la Iglesia.

Los textos de la Palabra de Dios, que se han proclamado en esta celebración, ponen de manifiesto el misterio de la maternidad divina de María: Ella es Madre siempre cercana, solícita, atenta y generosa con las necesidades de sus hijos. Esta realidad de fe nos llena de confianza, esperanza y consuelo. En efecto, Ella es la madre del amor hermoso y de la santa esperanza de la cual hablaba la primera lectura del Eclesiástico. Ella es la virgen madre que comparte alegre y generosa con Isabel el don de la maternidad visitando presurosa a su pariente anciana, como lo escuchamos en el evangelio de Lucas. Ella es la mujer, la madre que nos dio y de quien nació el Hijo de Dios en la plenitud de los tiempos, como decía Pablo en la segunda lectura de la carta a los gálatas.

Atención hermanos y detengámonos en este detalle tan particular: Santa María de Guadalupe está en estado de gravidez, ella es la madre de Dios por quien se vive, la madre del Dios de la vida. Por ello, desde este santo lugar, desde esta su casa, quiero pedir y hacer un llamado vehemente para que en Costa Rica y en muchos países también se respete la vida en todos sus estados y etapas, desde la concepción hasta su fin natural. Lo he dicho y lo repito de nuevo: nadie puede disponer de la vida, sólo Dios es quien la da y la quita. El aborto es un crimen, máxime, tratándose de creaturas inocentes e indefensas.

Hermanos, Santa María de Guadalupe que es la Madre, la mujer de fe y la creyente ejemplar que nos invita a confiar siempre en Dios, inspirados en las palabras de Isabel que hemos escuchado: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá todo cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Ella es la Madre cercana y solícita, la madre que siempre cuida con amor entrañable de cada uno de nosotros y que nos evoca, ahora aquí, en el Tepeyac, sus mismas palabras dirigidas a San Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?  ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?”.

Al mismo tiempo de ser la Madre de la confianza, María de Guadalupe es la Madre que nos enseña a agradecer las maravillas, los dones y las gracias de Dios. La fe siempre nos lleva a mirar el paso y la acción grandiosa del Señor en nuestra vida y en nuestra historia, por eso, la experiencia y la mirada de fe en nosotros ha de suscitar un corazón siempre agradecido, capaz de alabar, bendecir y proclamar las obras del Señor al igual que María en su cántico de alabanza: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador”.

Desde 1531, no sólo a esta querida nación mexicana, sino a toda América y al mundo, Santa María de Guadalupe, desde este santo lugar, se ha mostrado como Madre que cuida, intercede y acompaña a todos los que la amamos y nos acogemos confiadamente a su amorosa y eficaz protección maternal. Cuántos dones y gracias, cuántos consuelos y alegrías, cuántas maravillas y obras grandes, ha prodigado esta Madre amorosa de parte de Dios a millones y millones que se han acercado aquí y se han acogido a su intercesión maternal. Con la misma fe, confianza y seguridad venimos hoy nosotros también a sus plantas maternales y amorosas a pedir por la Iglesia, por el mundo, especialmente por nuestro país y sus situaciones de pobreza, desigualdad, violencia, pérdida de valores, políticas contra la vida, la familia y el matrimonio. Pedimos para que entre nosotros, reinen la justicia, la paz y la solidaridad. Y también con un sentido muy fraterno y afectuoso pedimos por esta hermana y querida nación mexicana.

Santa María de Guadalupe siempre nos lleva a su Hijo Jesús para hacer de Él centro, meta y fin de nuestra vida; para que aprendamos de Él a amar, servir, hacer el bien y tener sus mismos sentimientos. Y para que esto sea una realidad en nuestra experiencia de fe, a esta Virgen Morena de Guadalupe que nos da a su Hijo -Sol que nace de lo alto y que nos ilumina- le pedimos que interceda por nosotros para que crezcamos en el amor, el servicio, la solidaridad, la fraternidad y la comunión. Que su testimonio de fe, confianza y amor, nos inspire a todos en la Diócesis de Ciudad Quesada a ser fieles al proyecto y a la voluntad de Dios como ella siempre lo fue. Nos vamos y regresamos a nuestro país y a nuestra Iglesia Particular con renovado entusiasmo, para vivir más en la fe, en el amor y en la comunión.

En la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre del fruto bendito del seno de María de Guadalupe, alimento que nos fortalece, santifica y dispone a ser creyentes fieles, comprometidos y generosos como lo fue Ella: siempre y totalmente entregada al designio y a la voluntad de Dios.

¡Santa María de Guadalupe, ruega siempre por nosotros a tu Hijo Jesús! Amén.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada

Video de la homilía