Como Obispo de Ciudad Quesada, unido a la comunidad, a este cantón y al país entero, me siento muy satisfecho y agradecido por la celebración de un aniversario más de vida independiente: 197 años celebra Costa Rica como nación de paz, libre y democrática.

A solo tres años del bicentenario de la independencia, deben resonar con más fuerza las notas de nuestro bello Himno Nacional, pero más aún, quiero poner énfasis en su última estrofa:

¡Salve, oh patria!, tu pródigo suelo,

dulce abrigo y sustento nos da;

bajo el límpido azul de tu cielo,

¡vivan siempre el trabajo y la paz!

Esta es una tierra bendita que nos ha abrigado, que hemos visto surgir y que nos llena de esperanza como país modelo en el concierto de naciones a nivel internacional. Su paz social, nuestro modelo democrático y las conquistas sociales a partir de la unión de diversos sectores, son solo parte de esa cosecha de importantes frutos que debemos exaltar, pero que, ante todo, debemos defender y fortalecer, ahora más que nunca, si queremos seguir sintiéndonos orgullosos de estos casi dos siglos de vida independiente.

La familia costarricense celebra 197 años de independencia, pero se tejen sobre ella grandes desafíos y males que debemos desterrar, pues parece que se ha hecho costumbre citar diversas situaciones que nos deben llenar de vergüenza como nación.

La creciente desigualdad, más de un millón cien mil personas pobres; la violencia desmedida, la creciente criminalidad, el déficit fiscal que tiene al país al borde del colapso, el paro en la infraestructura y la falta de aplicación de la justicia pronta y cumplida. Estos son solo algunos de esos aspectos que, ya va siendo hora, nos tomemos en serio, para cambiar la realidad. Ojalá cuando volvamos a citar esto en un discurso, sea para recordar el pasado que pudimos superar y no como metas que parecen cada día más difíciles de alcanzar.

No es mi intención dar una visión pesimista, al contrario, el Señor que es nuestra esperanza (I Timoteo 1, 1), nos ha sostenido, y ha sido luz en diferentes momentos de nuestra historia patria. Es en el Señor Jesucristo que depositamos nuestra confianza para que siga guiando a este noble país, creyente en su gran mayoría y respetuoso también de quienes no creen.

Por eso, los valores de la libertad, la paz, la democracia y la independencia, si queremos vivirlos a plenitud, tenemos que ponerlos en una perspectiva que va más allá de un criterio particular, o de una ideología política. Incluso, si queremos vivirlos a plenitud, debemos mirar más allá del orden temporal, para alcanzar la realización de estos ideales, pero ello solo será posible si se pone en primer lugar al ser humano con el valor de su propia dignidad.

Dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, en su numeral 157: “La Nación tiene un derecho fundamental a la existencia; a la propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve su soberanía espiritual; a modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales y, en particular, la opresión de las minorías; a  construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más jóvenes una educación adecuada”.

¿Qué Costa Rica queremos? Abiertos a un mundo globalizado, no podemos perder de vista nuestra propia existencia, nuestras tradiciones y creencias. Abiertos a un mundo globalizado, ¿qué país dejaremos a las futuras generaciones?, más aún, ¿somos responsables de que haya futuras generaciones? ¿ponemos la vida como derecho sagrado y por encima de cualquier otro derecho? Si seguimos reduciendo esta discusión a una consigna meramente religiosa, muy lejos estamos de alcanzar la libertad plena. Si la persona no se defiende en todas sus etapas, ¿qué país defendemos entonces?

¿Qué Costa Rica visualizamos para el bicentenario? Abiertos al progreso, este no puede pasar por encima de la dignidad humana. Es necesario el desarrollo económico, sí; pero sin un justo equilibrio, entonces solo visualizamos una Costa Rica en el futuro, para unos cuantos.

Es hora de reafirmar que Costa Rica es una nación libre e independiente, capaz de tomar sus propias decisiones y tejer el camino que nos lleve al bicentenario y más allá.

Es bueno volver a mirar los valores fundantes sobre los cuales se erigió esta nación costarricense. Es necesario mirar los valores que se fueron sumando con el paso de los años, para fortalecer todo lo bueno que la ha caracterizado, como una nación sin ejército, como una nación solidaria, como una nación que no descarta a nadie y que supo plasmar la defensa de la vida en diferentes instrumentos del marco jurídico costarricense.

Deseo concluir este mensaje con unas palabras de mi IV Carta Pastoral, Y Serán mis testigos, donde, de modo particular, hago un llamado a los creyentes, para hacerse notar en la sociedad. Pero valen, estas palabras también, para aquellas personas de buena voluntad, que también se esmeran por una patria mejor, y luchan por lograr el verdadero bien común.

“Estamos llamados a tomar conciencia acerca del rumbo que muchas veces pareciera seguir la sociedad en la que vivimos, y que nos arrastra hacia un egocentrismo exacerbado, a un consumismo desmesurado, a un insano culto a la apariencia, con persistentes comportamientos narcisistas, explotación del erotismo como estrategia de comunicación, y a la anulación del verdadero encuentro humano” (numeral 78).

“Hemos de decir un rotundo no al pesimismo, al derrotismo, al no se puede, al no querer ir adelante, a la comodidad y a la pasividad, a la ley del mínimo esfuerzo y a toda forma de negativismo e inacción. Contamos con la fuerza y el impulso del Espíritu, la gracia de Dios nos sostiene y fortalece para continuar colaborando con la instauración del Reino” (numeral 81).

¡Que Dios bendiga a Costa Rica, y que Nuestra Señora de los Ángeles, nuestra Madre y Patrona, continúe intercediendo por todos quienes vivimos bajo este cielo!

Muchas gracias.

Monseñor José Manuel Garita

Obispo de Ciudad Quesada