Nos decía San Juan Pablo II que “el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza” (Encíclica Laborem Exercens).

Sin embargo, en medio de esta comunidad, muchas veces nuestras acciones podrían generar un ambiente que no es apto para los demás. Esto es lo que en la sociedad se conoce con el término mobbing, o acoso laboral.

De este modo, topamos conflictos y divisiones entre las personas que no se resuelven, condiciones de precariedad laboral, en general malos climas de trabajo que terminan afectando el rendimiento de una organización o empresa, y lo que es peor, afecta la salud física, mental y espiritual de las personas.

El trabajo se ha hecho para el ser humano. Es una herramienta para dar plenitud al paso de la persona por esta vida. Es mecanismo de sustento, de superación personal y desde luego grupal. En una comunidad de personas, no podemos pensar sólo en el bienestar de unos, y menos, si éste es en perjuicio de otros.

Si la semana anterior nos referíamos al bullying o acoso escolar, y decíamos que los adultos debemos ser cuidadosos de los ambientes en que se desenvuelven los niños y jóvenes, es justo también que, desde nuestros campos de acción, demos el ejemplo, generando espacios de trabajo saludables. La responsabilidad es de todos.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en su numeral 301, señala que los derechos de los trabajadores, como todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad trascendente.

Por tanto, no podemos ser cómplices de injusticias que ocurran con las personas que, mediante el trabajo, tienen una forma digna para vivir y desarrollarse. Es responsabilidad de los empresarios y de las jefaturas suscitar un espacio de excelencia en la organización y donde las posibilidades de desarrollo de las personas se alcancen a partir del cumplimiento del deber honesto y responsable.

Asimismo, son los trabajadores corresponsables de hacer con dignidad sus labores y, a la vez, ser solidarios para que juntos se puedan alcanzar los objetivos dispuestos a nivel de la organización, y como satisfacción del esfuerzo realizado por cada uno, de la mano con el buen trato y el respeto hacia el otro que es mi hermano. San Juan Pablo II lo decía en la Encíclica que ya mencioné: “hay que tener siempre presente el derecho a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral”.

Seríamos mucho más felices si sabemos compartir el trabajo en cada uno de nuestros ambientes, si nos damos a respetar y si respetamos al otro del cual necesito para salir adelante con las tareas diarias. Si nos ponemos a pensar, buena cantidad de horas al día y a la semana las pasamos en una segunda familia, que es la del trabajo, y es allí donde la dignidad de las personas debe relucir, así como los más altos valores morales como muestra de una sociedad madura y respetuosa.

Por tanto, demos el auténtico valor al trabajo, pero más aún a las personas con las cuales compartimos nuestras labores, para no ser víctimas de ambientes no saludables que terminan afectando nuestra condición de personas y el derecho sagrado del trabajo.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Fermento: ¡iluminando la realidad nacional!

Martes 17 de julio, 2018

Nº13