Hemos celebrado días intensos de nuestra fe alrededor de la Fiesta Nacional en honor a Nuestra Señora de los Ángeles, nuestra Madre y, además, Patrona de Costa Rica. Unidos a María, hemos pedido el don de la unidad para esta nación costarricense, unidad en la que nos congrega nuestra Madre, desde la experiencia del amor de Dios, que siempre es comunión y reconciliación para su pueblo. Hoy, en esta sección de Fermento, quiero hacer eco de algunos aspectos sobre los cuales he exhortado en la Homilía del pasado 2 de agosto.

Algunas corrientes laicistas pretenden encerrar la misión de la Iglesia en cuatro paredes, así como nuestra predicación y acción en la realidad nacional. Por el contrario, el mismo Jesús nos ha enviado a anunciar la Buena Noticia (San Marcos 16, 15). No hacerlo es desobedecerle. Por otra parte, el decreto conciliar Apostolicam actuositatem, en su n. 5, dice: “La obra de la redención de Cristo, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico”.

La presencia materna de Nuestra Señora de los Ángeles, en la conciencia de nuestro pueblo, se renueva año tras año y se expresó nuevamente en los cientos de miles de costarricenses que peregrinamos hasta este Santuario Nacional de Cartago para orar, agradecer y pedir.

Por eso, debemos ser consecuentes con lo que vivimos. Debemos dar testimonio de lo que creemos. Es preciso actuar con coherencia en una sociedad que reclama justicia, condiciones de mayor igualdad, verdadera paz social y el respeto a toda la familia humana. Exige de nosotros el cuidado de la persona, que es la joya de la creación de Dios, y por ello la defendemos desde el momento de su concepción hasta la muerte natural.

Durante estos días, hemos hecho conciencia de que la fidelidad del Señor la encontramos en el rostro moreno de la Santísima Virgen, Reina de los Ángeles. Ella ha estado y sigue caminando con nosotros que somos su pueblo. Es la Madre firme y fiel, la misma que hemos contemplado al pie de la cruz de su Hijo, como nos cuenta San Juan en el evangelio. La misma a la que debemos imitar para ser fieles a la verdad que es Jesucristo.

Cada día, nuestra Iglesia Católica costarricense debe hacer eco del valor fundamental de la dignidad de la persona humana y de las situaciones que nos preocupan que atentan contra ella. Constatamos con preocupación aumento de odio y división, de ofensas entre seres humanos, y más si damos una mirada a las redes sociales.

Debemos reprochar todo signo de intolerancia y discriminación, hay que denunciar la corrupción y evitar los privilegios escandalosos de unos pocos, pues cada día nuestro país se vuelve más desigual. Es hora que se acabe el exceso o defecto de autoridad para desestimar o encubrir situaciones graves en el ejercicio de la función pública. Hay que combatir la “ideologización de la educación”, la falta de control en el gasto público, el desempleo, el rezago de la infraestructura (algo que hemos sufrido especialmente con el costosísimo proyecto de la carretera a San Carlos). Hoy en día, la drogadicción y el narcotráfico dañan nuestra sociedad, y es cuando los católicos y todos los cristianos deben hacer expresión de vida en Jesucristo.

Hago un llamado también a las personas de buena voluntad, para hacer el bien y combatir el mal, si queremos una sociedad mejor; caso contrario, atentamos contra nosotros mismos.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Fermento: Restaurar el orden temporal

Martes 7 de agosto, 2018

Nº16