La polarización en que se mantiene envuelto el país, la crispación que vemos en muchos sectores y que se nota en redes sociales, donde la opinión diferente es irrespetada, debe ponernos a pensar en una solución que nos lleve a un consenso general que permita la convivencia, la paz social y la búsqueda del bien común.

No es momento para endurecer posturas, ni para señalar diferencias que impidan el acercamiento a una mesa de diálogo. Es evidente la molestia de algunos sectores por el proyecto de Reforma Fiscal que impulsa el gobierno y es claro también que el país no puede postergar una solución a lo que en materia económica venimos arrastrando hace muchos años.

Al mismo tiempo, no es hora para descartar ninguna voz en aras de que puedan llegar soluciones al tema fiscal, pues a la postre, todos, en una u otra medida, nos veremos afectados por las graves consecuencias si se sigue el rumbo por el cual el país ha venido transitando.

El llamado a huelga, si bien constituye un derecho y es una de las conquistas más costosas del movimiento sindical, debería ser también un último recurso y debe, por otro lado, ser siempre un método pacífico de reivindicación y de lucha por los propios derechos. Es moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencia, o cuando es contraria a la búsqueda del bien común (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, 304).

Por tanto, es hora, y desde hace rato, diría yo, de que los intereses de todas las partes sean puestos sobre la mesa. A todos, en alguna u otra medida, nos toca un sacrificio cuando se trata de hablar de impuestos, y más en las condiciones en que el país se encuentra.

Cualquier intento del gobierno para impulsar la reforma fiscal, debe ir acompañado de un serio plan de austeridad. La austeridad en el gobierno no puede quedar para después, no puede ser una promesa en caso de que se apruebe la reforma. Las señales de austeridad y control del gasto deben ser dadas con inmediatez, pues, caso contrario, más impuestos tampoco vendrían a solucionar el déficit. El pueblo demanda responsabilidad en los gobernantes, y actuar en consecuencia con lo que el país necesita.

Por eso, es fundamental que se trabaje y se busquen soluciones a la desigualdad que se vive, al desempleo que atraviesa la nación, y es hora que en materia de infraestructura se vean acciones concretas que permitan también reactivar el país en materia económica.

Como lo he expresado en varios momentos, la Reforma Fiscal debe estar basada en los principios de solidaridad y equidad.

Que el país se paralice, a nadie le conviene. Que el déficit fiscal siga creciendo, a nadie le conviene. Que la polarización se siga manteniendo, a nadie le conviene.

Sólo el bien común, y un diálogo sincero que nos encamine a ello, puede ayudarnos como país a enrumbarnos de nuevo por una ruta de desarrollo, bienestar y paz social.

Es hora de que reine el respeto, es hora de que de una vez por todas nos unamos como nación y más aún, si queremos seguir siendo una patria que se enorgullece de ser libre e independiente, con altos valores que nos sigan identificando como costarricenses, y donde también, las personas que viven bajo este cielo, lo hagamos en paz, y donde todos trabajemos por estar mejor, sin intereses mezquinos o contrarios al bien común.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Fermento: Un país que trabaja por consensos

Martes 11 de setiembre, 2018

Nº21