Misa Vocacional Diócesis de Ciudad Quesada

Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles, 7:00 p.m., jueves 6 de junio 2019.

Hermanos todos en el Señor:

Como es tradicional en esta casa formación sacerdotal, nos reunimos, una vez más, para esta Eucaristía mensual que tiene por intención orar por las vocaciones; por todas las vocaciones de y para la Iglesia, desde el más genuino sentido de cultura vocacional. Sin embargo, oramos y pedimos especialmente por las vocaciones al ministerio sacerdotal, indispensable para el cumplimiento de la misión de la Iglesia. Sabemos y estamos convencidos de la fuerza y eficacia de la oración, pues el dueño de la mies nos ha dicho que pidamos, que oremos, para que Él envíe operarios, servidores al gran campo de su Iglesia.
Litúrgicamente, nos encontramos en los últimos días del tiempo pascual, estamos a la espera del gran don del Espíritu Santo, presencia nueva de Jesucristo en medio del mundo y de la Iglesia. El Espíritu Paráclito, Espíritu de la verdad y de la santificación es el alma, el impulso y aliento de vida de la Iglesia.
Recordemos que la constitución conciliar Lumen gentium, en su n. 4, nos dice que la Iglesia es la comunidad de bautizados “reunida en virtud y a imagen de la Trinidad”, por tanto, la Iglesia es esencialmente misterio y sacramento de comunión y de unidad. No es comparable a ninguna estructura ni organización humana; es misterio, es don y voluntad de Dios, por ello, según la promesa del Señor, las fuerzas del mal no prevalecerán ni podrán contra ella.
Desde el martes anterior, venimos escuchando la así llamada oración sacerdotal de Jesús en el evangelio de San Juan. De igual forma como hoy oramos por las vocaciones, también Jesús hoy ora por nosotros. Pide al Padre para que seamos uno, en la intimidad y según el modelo de unidad entre Él y su Padre. La petición es que seamos uno, vivir en unidad y comunión como don del Espíritu de Dios que es unidad y el unificador. Se trata de ser uno, ser comunión más allá de ideas y proyectos puramente humanos. Unidad y comunión según el modelo y paradigma del amor entre el Padre y el Hijo que tiene como fruto el Espíritu Santo. Así entendemos que, como Iglesia, estamos congregados y unidos en virtud y a imagen de la Trinidad.
La unidad y la comunión eclesial son don de Dios, por ello, tenemos que abrirnos y dejarnos llevar por el Espíritu para que nos enseñe e infunda el verdadero don de la comunión y de la unidad. Por tanto, la comunión y la unidad no son a como las entendamos o imaginemos nosotros, según nuestros criterios e intereses. Para la doctrina conciliar, la comunión no es un vago afecto, sino una realidad jerárquicamente estructurada en la Iglesia. Por tanto, para hacer posible el deseo y la plegaria de Jesús de que seamos uno, el reto es abrirnos al Espíritu, tenemos que entrar, asimilar y practicar una verdadera espiritualidad de la comunión, como bien nos recuerda el n. 43 de “Novo millennio ineunte”. Muchísimo más que un proyecto o estrategia pastoral, la comunión y la unidad que nos pide Jesús son toda una espiritualidad. En este sentido, esta casa de formación sacerdotal, ha de ser ante todo y sobre todo verdadera escuela de comunión y unidad. Y, por supuesto, quienes aquí se forman para ser futuros pastores de la Iglesia -dígase de este sacramento de comunión- han de ser agentes auténticos probados de comunión a partir de una espiritualidad indiscutiblemente profundizada y asimilada existencialmente.
Hay un segundo detalle en el evangelio, que quiero destacar. Jesús pide que seamos uno, como Él y el Padre, “para que el mundo crea que tú me has enviado”, dice el Señor. Unidad y comunión para que haya credibilidad con relación a los discípulos de Jesús y miembros de la Iglesia. Recordemos cómo se distinguían de los paganos los primeros cristianos: “vivían unidos, oraban, compartían todo, daban testimonio alegre del Señor y eran queridos por todo el pueblo” (Hechos 2, 42-47). He aquí el modelo de estilo de vida y testimonio vivo de unidad y comunión como criterio de credibilidad de nosotros como cristianos y miembros de la Iglesia. También lo dice claramente Jesús en otra parte del evangelio de San Juan: “Si se aman, reconocerán que son mis discípulos” (13, 35). Es decir, si están unidos, si viven en comunión, si se cumple del supremo mandamiento habrá credibilidad respecto de los cristianos y miembros de la Iglesia, y esos somos nosotros.
Además de ser pecados gravísimos y dolorosísimos contra la unidad y la comunión de la Iglesia, las divisiones, rivalidades, luchas, grupismos, acepciones de personas, guetos, localismos, enfrentamientos, pulsos de poder, etc., todo esto no sólo es un mayúsculo escándalo y un fatal antitestimonio, sino que son actitudes negativas que van manifiestamente en contra de la credibilidad que tenemos que dar los cristianos y los miembros de la Iglesia.
La consigna es dar testimonio, así como lo dio Pablo ante el Sanedrín y le anunció también Jesús al apóstol que lo daría de Él en Roma, según la primera lectura de los Hechos de los apóstoles. El testimonio y la vivencia de lo que creemos y discernimos como voluntad de Dios, sin duda alguna son criterio y prueba de credibilidad. Junto al testimonio de santidad y autenticidad, en la Iglesia necesitamos a gritos testimonios fuertes e indiscutibles de credibilidad, es decir, que seamos católicos de una sola pieza y punto.
Como he dicho poco antes, la unidad y la comunión no son cosa, invento o construcción nuestra, jamás. La unidad y la comunión son don, gracia, regalo y carisma de Dios. En la Iglesia, la unidad y la comunión se construyen y realizan desde la mesa eucarística, en la cual y desde la cual, todos participamos de un mismo pan y de un mismo cáliz que son el cuerpo y la sangre de Cristo Resucitado. En esta oración máxima de la Iglesia que es la Eucaristía, pidamos, una vez más, que seamos uno como el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, uno en comunión y testimonio de amor, para que crean los demás y el mundo que ustedes y yo somos -indiscutible e inequívocamente- discípulos de Jesús y miembros de la Iglesia que es comunión.

Así sea, amén.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada