“Somos piedras vivas”

VII Carta Pastoral

Con motivo del 25 aniversario de la creación de la diócesis de Ciudad Quesada

cfr. 1 Pedro 2, 5.

INTRODUCCIÓN

El sentido del jubileo bíblico y la herencia histórica como memorial

1.- Nuestro peregrinar y pertenencia, como “piedras vivas”, a esta Iglesia diocesana de Ciudad Quesada ha llegado a sus 25 años. Hemos llegado a las bodas de plata, motivo por el cual decreté celebrar un Año Jubilar diocesano desde el 12 de diciembre 2019 al 12 de diciembre 2020, que como lo señaló San Juan Pablo II: “Todos estos jubileos personales o comunitarios tienen un papel importante y significativo en la vida de los individuos y de las comunidades” (San Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio Millenio Ineunte, 1994, n. 15).

2.- La celebración de un Año Jubilar diocesano debe ser una expresión de alegría no solo interior sino exterior, tangible, porque nuestro Dios con su gracia nos ha regalado la oportunidad de experimentar su cercanía salvífica en nuestro territorio diocesano sobre todo a través de la acción evangelizadora de todos los agentes de pastoral que viven su fe con gran entusiasmo, su adhesión a Jesucristo y su pertenencia a la Iglesia.

3.- Las celebraciones jubilares en nuestra Iglesia tienen una sola razón de ser y ésta es la intervención salvadora de Dios Padre, en la historia humana, como ya lo celebraban nuestros padres en la fe, el pueblo de Israel, al conmemorar cada siete años un año sabático, y cada cincuenta años un año jubilar. En ambos casos, todos los gestos internos y externos que debían cumplir los hijos de Abraham, manifestaban la certeza de que “Si Dios en su Providencia había dado la tierra a los hombres, esto significaba que la había dado a todos. Por ello las riquezas de la creación se debían considerar como un bien común a toda la humanidad. Quien poseía estos bienes como propiedad suya era en realidad sólo un administrador, es decir, un encargado de actuar en nombre de Dios, único propietario en sentido pleno, siendo voluntad de Dios que los bienes creados sirvieran a todos de un modo justo. El año jubilar debía servir de ese modo al restablecimiento de esta justicia social” (San Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio Millenio Ineunte, 1994, n. 13).

4.- La plenitud de la acción salvadora de Dios y motivo central de nuestro júbilo, como creyentes, es la Encarnación de su Hijo muy amado, nuestro Señor Jesucristo, que se hace uno de nosotros en el tiempo, para que nosotros lleguemos a ser como Él en la eternidad. Él mismo, su vida y sus obras son el año de gracia del Señor que había anunciado el profeta Isaías y que el Maestro deja claro que se cumple en Él (Lc. 4, 16-30). Por lo tanto, “El jubileo, «año de gracia del Señor», es una característica de la actividad de Jesús y no sólo la definición cronológica de un cierto aniversario” (San Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio Millenio Ineunte, 1994, n. 11).

5.- Celebrar este Año Jubilar diocesano, no es otra cosa que expresar, con mucha fuerza, que nos alegramos por la Historia de la Salvación, y que invitamos a todos a esta alegría, y seguir fomentando las condiciones en nuestra diócesis de Ciudad Quesada para que esa fuerza de la salvación pueda ser comunicada a todos, especialmente a los que más necesitan encontrar, conocer, amar y seguir al Señor, que es la misión de los bautizados que peregrinan en un territorio diocesano, como lo señala el documento de Aparecida: “La maduración en el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo requieren que la Iglesia particular se renueve constantemente en su vida y ardor misionero. Sólo así puede ser, para todos los bautizados, casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad. En su realidad social concreta, el discípulo hace la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, madura su vocación cristiana, descubre la riqueza y la gracia de ser misionero y anuncia la Palabra con alegría” (Documento de Aparecida, n. 167).

6.- Nuestra diócesis, creada por San Juan Pablo II, el 25 de julio de 1995, por la Bula “Maiori Christifidelium Bono”, tomando en gran medida territorio de la Diócesis de Alajuela, hunde sus raíces históricas desde el 26 de agosto de 1913, cuando el entonces tercer Obispo de San José, Mons. Juan Gaspar Stork, crea la Parroquia de Villa Quesada, y nombra a su primer párroco el Pbro. Moisés Salas. Será más tarde, a partir de 1944, cuando se empiece a celebrar a San Carlos Borromeo.

7.- Damos gracias a Dios por tantos beneficios recibidos a lo largo del tiempo y del espacio. Volvemos nuestros ojos agradecidos por el empeño pastoral de los primeros dos Obispos de nuestra diócesis, que pusieron las bases de nuestra actual Iglesia Particular. Igualmente recordamos, desde el sentido bíblico del memorial, el paso de tantos buenos pastores que anunciaron el Evangelio en nuestra tierra como párrocos y vicarios parroquiales antes de la creación de la diócesis. Cabe destacar, con inmensa gratitud, a Mons. Eladio Sancho Cambronero, que sirvió a nuestra Iglesia particular hasta hace pocos años, y cuyo recuerdo aún está vivo en todos nosotros. Todos ellos colaboraron, en gran medida, a formar una diócesis actualmente conformada por 18 Parroquias y una cuasi Parroquia.

8.- Este Año Jubilar nos sirve, en primer lugar, de marco celebrativo para agradecer. Por ello, hacemos nuestro el cántico de alabanza de la Santísima Virgen María en el Magnificat y lo proseguimos entonando con toda la Iglesia peregrina en la historia, nuevo Israel, que es misterio de comunión y sacramento de salvación. Pero también, en segundo lugar, el año jubilar es un “kairós”, tiempo oportuno, en lenguaje de San Pablo, para reflexionar sobre nuestra identidad como diócesis y sobre nuestro compromiso eclesial de cara al futuro. Hemos caminado con Cristo y con la Iglesia, y seguimos caminando hacia adelante con fe y esperanza.

CAPÍTULO I

La Iglesia misterio-comunión y su expresión en la Iglesia Particular

“Así se manifiesta toda la Iglesia como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium n. 4).

9.- Este hermoso texto de la Lumen Gentium nos lleva a la esencia del ser de la Iglesia como misterio-comunión. En primer lugar, vale la pena precisar que el término “misterio” no hace referencia, ni a cosas ocultas, ni dignas de miedo o sospechosas; todo lo contrario, en la eclesiología del Concilio Vaticano II “misterio” hace referencia a las cosas sensibles que nos llevan al conocimiento de lo trascendente, al don de Dios, es decir al significado de “sacramento”, que Santo Tomás de Aquino nos ha descrito de la siguiente manera: “Los signos son connaturales al hombre, porque es propio del hombre llegar a lo desconocido a través de las cosas conocidas. Y por eso se llama propiamente sacramento a lo que es signo de una realidad sagrada destinada a los hombres. O sea que, en el sentido en que aquí lo hemos tomado, propiamente se llama sacramento lo que es signo de una realidad sagrada que santifica a los hombres” (Suma Teológica, Parte III, q. 60).

10.- La Iglesia es en su esencia, y así lo debe dar a conocer en sus manifestaciones externas, reflejo de la comunión íntima de la Santísima Trinidad, debe ser signo de esa realidad sagrada: “La Iglesia contiene, por tanto, y comunica la gracia invisible que ella significa” (Catecismo de la Iglesia n. 774), y debe santificar a los seres humanos que la conforman: “Ella “es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” (Pablo VI, Discurso a los Padres del Sacro Colegio Cardenalicio, 22 junio 1973) que quiere “que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (AG 7; cf. LG 17)” (Catecismo de la Iglesia n. 776).

11.- Esta Iglesia, fundada por Jesucristo, y que es misteriocomunión, subsiste en la Iglesia Católica y a ella pertenecemos los bautizados por misericordioso don de Dios; es guiada por los obispos, sucesores de los apóstoles, y en ellos persiste esa primera institución y doctrina de la comunidad apostólica, como lo expresó claramente la Dei Verbum: “Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios” (Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum n. 8). Por ello, la Iglesia es comunidad apostólica en su esencia también, sobre el fundamento de los apóstoles quiso edificarla el Señor de manera clara y visible.

12.- Este misterio-comunión, que es la Iglesia, debe ser entendido en su doble dimensión: vertical-invisible, en cuanto comunión de cada uno de nosotros con Dios, y horizontal-visible, en cuanto comunión entre quienes hemos sido injertados en el Cuerpo de Cristo por el Bautismo. Mediante estos signos visibles de comunión, Cristo ejerce en la historia su función profética, sacerdotal y real para la salvación de los seres humanos, y esta constante y dinámica relación entre ambas dimensiones de la comunión eclesial, vertical-invisible y horizontal-visible, es la que hace ser a la Iglesia Sacramento de Salvación: “De esta sacramentalidad se sigue que la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos “sacramento inseparable de unidad”” (Carta Communionis notio. n. 4, 28 mayo 1992. Congregación para la Doctrina de la Fe).

13.- La presencia de la Iglesia universal en el mundo, para anunciar, testimoniar, actualizar y extender su esencia de misteriocomunión, se concretiza y se hace operativa en la particularidad y diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares, y entre estas se encuentran aquellas que, en sí mismas, son Iglesias, es decir, las diócesis o Iglesias Particulares que el Vaticano II describió de la siguiente manera: “La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica” (Decreto Christus Dominus, n. 11).

14.- La Iglesia universal, Una y Única, da a luz a las diócesis como hijas, se expresa en ellas, en su particularidad propia. Por ello, la Iglesia universal es como una madre y no un resultado de la unión de Iglesias Particulares. La diócesis tiene para con la Iglesia Universal una relación profunda de mutua interioridad tal como lo expresó San Juan Pablo II: “Sobre la base de la comunión, que apoya a la Iglesia en su constitución íntima y en sus más variadas expresiones concretas e históricas, se construye la exuberante relación interior mutua entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares”. (Discurso a la Curia Romana, 21 diciembre 1990).

15.- Esta relación interior mutua se manifiesta en el hecho que cada diócesis tiene sus raíces, sus tradiciones, su misión de anuncio del kerigma, del camino de crecimiento en la fe, como discípulos-misioneros de Jesucristo, pero manteniendo inmutable el vínculo con el primado de la cátedra de Pedro que, como lo explica el Concilio, “preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla. De aquí se derivan finalmente, entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales. Los miembros del Pueblo de Dios son llamados a una comunicación de bienes, y las siguientes palabras del apóstol pueden aplicarse a cada una de las Iglesias: «El don que cada uno ha recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4,10)” (Constitución Lumen gentium, n. 13). Queda así manifestada y garantizada la unicidad de la Iglesia universal expresada en la particularidad de las diócesis como Iglesias propias. Así se expresa la belleza y grandeza de este misterio y don de Dios, que es la Iglesia, desde su unidad y diversidad cohesionadas en la comunión como elemento esencial.

CAPÍTULO II

El presente eclesial: un espacio para una espiritualidad de comunión

16.- Es importante que hagamos un poco de memoria y constatación eclesial de nuestra realidad última y presente “… sin embargo comporta también el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo … aunque haya motivos de preocupación ante formas de gobierno autoritarias o sujetas a ciertas ideologías que se creían superadas, y que no corresponden con la visión cristiana del hombre y de la sociedad, como nos enseña la doctrina social de la Iglesia … pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales … se percibe, sin embargo, un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones pseudorreligiosas”. (Discurso del Papa Benedicto XVI en la sesión inaugural de la Conferencia de Aparecida, 13 mayo 2007). Estas palabras del Papa Benedicto XVI, al inaugurar la V Conferencia del episcopado latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, hace 13 años, nos ofrecen una síntesis de la realidad que nos encontrábamos entonces y que encontramos también, hoy en día, en América Latina.

17.- Estas sabias y certeras constataciones del Papa Benedicto, se complementan extraordinariamente con lo planteado por el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium: “La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo”. (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 52. Papa Francisco, 24 noviembre 2013). Este texto del Papa Francisco refleja en mucho la realidad que vivimos los que conformamos y peregrinamos en nuestra diócesis de Ciudad Quesada. Con dolor, tenemos que decir que muchas de esas consecuencias sociales nefastas son fruto de que, desde nuestras familias, nos hemos dejado permear por una filosofía y cultura egocentrista, indiferente, materialista y consumista que, en no pocas ocasiones, vive entre apariencias y competencias que nos han hecho olvidar que somos hermanos, hijos de un mismo Padre y que como tales debemos vivir.

18.- Esta realidad histórica, en la que nos ha correspondido vivir nuestra fe en estos primeros años del tercer milenio, es una gran oportunidad para hacer vida la exhortación de la I carta de Pedro “Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de conciencia” (1 Pe. 3, 15b-16a). Sin duda, en esto se juega mucho nuestro testimonio y credibilidad. Nuestra condición de personas de fe, nos obliga a ser gente de esperanza, a ofrecer y mostrar otras alternativas que nos da la experiencia de lo sobrenatural. Y esa esperanza que nos hacer creer y amar, estamos llamados a vivirla y testimoniarla desde la realidad de la comunión eclesial.

19.- Por ello, como Iglesia de Cristo y misterio de comunión, que se expresa en nuestra diócesis de Ciudad Quesada, sin duda estamos llamados fuertemente a crecer en una verdadera espiritualidad de comunión, como nos lo pedía San Juan Pablo II, al inicio del tercer milenio: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo ¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” (San Juan Pablo II. Carta Apostólica Novo millennio ineunte, n. 43, 6 enero 2001). El Papa Santo habla de un principio educativo, es decir, tenemos que educarnos, entrar en una dinámica diferente que solo puede ser vista y entendida desde la más íntima y pura realidad eclesial como misterio de comunión.

20.- Por consiguiente, en medio de tantas propuestas, relativismos e ideologías, es preciso entender bien y deducir las implicaciones de esta espiritualidad de comunión. San Juan Pablo II, en ese numeral de Novo millennio ineunte, nos precisa con claridad desafiante lo que para él significa:

  1. Ser capaces de reconocer la luz del misterio de la Trinidad también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.
  2. Estar atento, «al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico, considerándolo como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad».
  3. La capacidad de reconocer lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como un don que Dios me hace a través de aquel que lo ha recibido, más allá de su persona, que se transforma entonces en un administrador de las gracias divinas.
  4. En fin, «saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias».

21.- Este gran proyecto de la Iglesia como misterio-comunión, como casa y escuela de comunión, sin duda es, en primer lugar, fruto de nuestra experiencia de fe, ya que como lo apuntó el Papa Benedicto XVI: “Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9)” (Discurso del Papa Benedicto XVI en la sesión inaugural de la Conferencia de Aparecida, 13 mayo 2007). Sin fe, no podemos entrar ni participar del proyecto de Dios, sin fe no podemos entender y vivir en la Iglesia. Solamente desde una verdadera experiencia de fe se puede entender y vivir el misterio y la espiritualidad en la Iglesia.

22.- La fe no se improvisa ni es fruto del esfuerzo humano para alcanzarla. Por el contrario, la experiencia de fe surge indefectiblemente del encuentro personal y comunitario con la persona viva de Jesucristo, por ello “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Carta Encíclica Deus caritas est, n.1, Benedicto XVI). Por tanto, la fe, como encuentro con Jesús, nos introduce en la vida de la Iglesia, y ella, como madre y maestra, nos va formando y ayudando a convertirnos en discípulos-misioneros de Jesús.

23.- La condición de ser discípulo-misionero de Jesús tiene como característica esencial estar convocado a la comunión en y con la Iglesia, como nos dice el documento de Aparecida “La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión” (Documento de Aparecida. n. 156). Este es el gran reto de una Iglesia Particular en la que se expresa la Iglesia de Jesucristo, misterio-comunión. Se trata, pues, de dar testimonio vivo de esa comunión, en cuanto que todos los bautizados que peregrinamos en ella, según nuestra vocación específica, con nuestros carismas, ministerios y servicios, debemos ponerlos a disposición de los demás para que circule la caridad (cfr. 1 Cor 12, 4-12).

24.- En este sentido, una verdadera espiritualidad de comunión requiere que “la Iglesia particular se renueve constantemente en su vida y ardor misionero. Sólo así puede ser, para todos los bautizados, casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad” (Documento de Aparecida, n.167), y en la que todos nos comprometamos a construir cada espacio y lugar en expresión concreta de comunión. La misión genera y aviva la comunión, pues, todos, sintiéndonos enviados, cumplimos juntos la común tarea de la Iglesia que es evangelizar.

25.- Dentro de la dinámica de la comunión diocesana, las parroquias deben ser comunidad de comunidades, células vivas eclesiales que, efectivamente experimenten y testimonien la comunión, y para esto deben “reformular sus estructuras, para
que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión” (Documento de Aparecida, n. 172). En nuestra diócesis, este proceso lo venimos realizando con las asambleas parroquiales de pastoral, las cuales debemos fortalecer y animar con más entusiasmo y compromiso, para ser mejor expresión del dinamismo y de la comunión diocesana plasmada en las comunidades parroquiales.

26.- Algo muy importante que no debemos olvidar, y en lo cual he insistido mucho durante mis visitas pastorales, es que una experiencia de renovación parroquial nos debe llevar a crear espacios de formación constante para nuestros laicos ya que “Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual. También es importante recordar que el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos” (Documento de Aparecida, n. 174). Sin duda, nuestros laicos constituyen la inmensa mayoría de nuestras comunidades parroquiales, están presentes en los distintos campos de la vida social, tienen iniciativas y papeles protagónicos en medio de ellos, por consiguiente, para que sean fermento en la masa (Mt. 13, 33), es necesario que estén debidamente formados y preparados para cumplir su misión con competencia y eficacia.

27.- Una experiencia de vida parroquial renovada nos ayudará a concretizar el llamado tan fuerte y desafiante que el Papa Francisco nos hace en los numerales del 76 al 101 de Evangelii gaudium, donde nos habla de las tentaciones de los agentes de pastoral y que resumo con las siguientes frases del Santo Padre:

 ¡Sí al desafío de una espiritualidad misionera!

 No a la acedia egoísta. ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!

 No al pesimismo estéril. ¡No nos dejemos robar la esperanza!

 Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo. ¡No nos dejemos robar la comunidad!

 No a la mundanidad espiritual. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!

 No a la guerra entre nosotros. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!

No cabe duda de que se trata de toda una conversión pastoral y de un cambio de paradigma acerca de cómo entendemos y vivimos nuestra pertenencia y compromiso comunitarios. Se trata no solo de una espiritualidad de comunión, sino también, al mismo tiempo, de una mística y espiritualidad misionera.

28.- Para propiciar el crecimiento en esta espiritualidad de comunión, en el camino de nuestras comunidades parroquiales deberíamos revisar cuánto y cómo estamos facilitando el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, especialmente en los diferentes lugares y espacios de encuentro que nos ofrece nuestra Iglesia, ya que como dijo el Papa Benedicto XVI: “La Iglesia es nuestra casa. Esta es nuestra casa. En la Iglesia católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Quien acepta a Cristo, “camino, verdad y vida”, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida” (Discurso al final del Rosario en Aparecida, 12 mayo 2007, Benedicto XVI). Todos somos corresponsables, unos y otros, de favorecer personal y comunitariamente este encuentro personal con Jesús. De la unión con Él y entre todos se expresa la vida de la Iglesia en su misión, testimonio y fecundidad. Sin Él, no podemos hacer nada (cfr. Jn. 15, 5).

29.- En esta nuestra casa y escuela de comunión, que es la Iglesia, nos ayudará a facilitar el encuentro con Jesucristo desde los siguientes ámbitos y experiencias:

A. La Sagrada Escritura: leída en la Iglesia, fortaleciendo las iniciativas para acercar a todos nuestros agentes de pastoral a la Palabra de Dios, a través de cursos bíblicos, encuentros familiares con la Palabra, la lectio divina, pequeños grupos de vecinos que se reúnan a orar con la Palabra, y muchas otras iniciativas que se pueden organizar, como lo plantea claramente Verbum Domini: “conviene que en la actividad pastoral se favorezca también la difusión de pequeñas comunidades, «formadas por familias o radicadas en las parroquias o vinculadas a diversos movimientos eclesiales y nuevas comunidades», en las cuales se promueva la formación, la oración y el conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia” (Exhortación Verbum Domini, n. 73, Benedicto XVI). La fe y la experiencia de comunión eclesial brotan de la escucha atenta y del cumplimiento fiel de la Palabra de Dios desde las distintas realidades y circunstancias de la comunidad.

B. En la Sagrada Liturgia nos encontramos con Jesucristo único y eterno sacerdote, como nos lo indica bellamente el Concilio Vaticano II: “Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (Constitución Sacrosanctum Concilium, n.7, 4 diciembre 1963). La fe de la comunidad se celebra, vive y comparte en el ejercicio de la liturgia como fuente privilegiada de santificación y crecimiento espiritual para la misma comunidad.

C. La Eucaristía es lugar privilegiado y central del encuentro del discípulo con Jesucristo, raíz y fuerza de nuestra espiritualidad de comunión eclesial, como lo expresó el Papa Benedicto XVI: “Precisamente la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, «la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Señor se sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso». Por este motivo, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión eclesial se revela una realidad católica por su propia naturaleza” (Exhortación Sacramentum Caritatis, n.15, Benedicto XVI, 22 febrero 2007). Desde la Eucaristía, sacramento fontal de la Iglesia, no solo se vive y expresa su unidad íntima, sino que, al mismo tiempo es también fuente de fecundidad apostólica y testimonial para quienes formamos parte de la comunidad eclesial. Sin Eucaristía no hay vida de Iglesia, sin Eucaristía no podríamos dar testimonio ni fruto de nuestra fe.

D. El Sacramento de la Reconciliación es lugar privilegiado para experimentar el rostro amoroso del Padre, que abraza al hijo que vuelve a la casa paterna, golpeado por la crudeza de la debilidad; en este sacramento se expresa admirablemente la misericordia del Padre que se hace presente en el ministro eclesial que: “Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de los Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in persona Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio realiza el misterio de la remisión de los pecados, es el que aparece como hermano del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo, pastor decidido a buscar la oveja perdida, médico que cura y conforta, maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios, juez de los vivos y de los muertos, que juzga según la verdad y no según las apariencias” (Exhortación Reconciliatio et paenitentia, n. 29, San Juan Pablo II, 2 diciembre 1984). Qué riqueza y profundidad la de este sacramento que deberíamos experimentar con frecuencia para nuestro crecimiento espiritual y conversión personal y comunitaria. Este encuentro con la misericordia del Señor es fuente perenne de renovación y santificación también.

E. La oración personal y comunitaria es la manifestación grande y sincera de nuestra necesidad permanente de la gracia de Dios, para que Él nos vaya configurando cada día a imagen de su Hijo Jesucristo, como nos lo ha manifestado el Papa Francisco: “Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos” (Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, n. 147, Papa Francisco, 19 de marzo 2018). Claramente dicho por el Papa, sin oración no hay santidad, ni tampoco crecimiento, ni fruto, ni auténtica identidad cristiana. La oración ha de ser el oxígeno de nuestra fe.

F. De modo especial, en los pobres, afligidos y enfermos estamos llamados a encontrar a Jesucristo como Él mismo nos lo expresó en el hermoso texto del Evangelio según San Mateo 25, 40.45: “Y el Rey les responderá así: Os digo de verdad: Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, me lo hicisteis a mi….Entonces les responderá así: Os digo de verdad: Todo lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco me lo hicisteis a mí”. Sin duda alguna, los pobres, afligidos, enfermos, marginados, descartados de nuestra sociedad cada día más consumista y materialista- son un lugar teológico en el cual tenemos la gran oportunidad de encontrarnos con el Señor, tal y como lo recalcó San Juan Pablo II al iniciar este milenio: “El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse” (Carta Apostólica, Novo millennio ineunte, n. 49, San Juan Pablo II, 6 enero 2001).

30.- Al llegar a los 25 años de peregrinación como Iglesia particular de Ciudad Quesada, al agradecer y evaluar el camino realizado durante este tiempo, y para mejorar nuestro proyecto de espiritualidad de comunión, este momento jubilar debería lanzarnos, con mucha esperanza y confianza en la misericordia de Dios, a plantearnos grandes retos que concreticen en la acción pastoral la expresión creíble de la Iglesia de Jesucristo, misteriocomunión, y para ello, podemos apropiarnos de las fuertes palabras del Papa Francisco: “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 109. Papa Francisco, 24 noviembre 2013).

CAPÍTULO III

Los retos que nos plantea el jubileo del 25 aniversario para el futuro de nuestra diócesis.

31.- Al inicio de mi ministerio episcopal, en esta diócesis de Ciudad Quesada, me di a la tarea de conocer cada una de las comunidades parroquiales, a través de visitas a celebrar fiestas patronales, confirmaciones, pero, sobre todo, por medio de la visita pastoral de una semana a cada una de ellas. Con esta bendita y rica experiencia, logré entrar en contacto y dialogar con los fieles que habitan en más de 450 comunidades, centros parroquiales y filiales que conforman nuestra Iglesia Particular, sin contar la visita a instituciones, centros educativos, asociaciones de desarrollo, empresas, ambientes laborales y otras instancias comunitarias.

32.- Este caminar pastoral, ya de 6 años con ustedes, me da la posibilidad de plantearles una serie de retos que el momento histórico nos plantea como Iglesia diocesana. En algunos de ellos ya hemos dado algunos pasos importantes, en otros tenemos el imperativo evangélico de ponernos en camino. Que la celebración de este jubileo diocesano sea una oportunidad para evaluar cuál ha sido mi aporte en cada uno de ellos, como bautizado que soy, y, por lo tanto, miembro de la Iglesia de Jesucristo, misterio de comunión, que se expresa en esta diócesis de Ciudad Quesada.

33.- En primer lugar, les recuerdo el norte pastoral de nuestra diócesis, definido por los agentes de pastoral en el año 2015, y que debe ser el punto de referencia hacia donde queremos encauzar todas nuestras acciones pastorales, a fin de responder con fidelidad al Evangelio y con amor a la Iglesia diocesana con los retos que surgen de nuestra realidad. Como saben, el norte diocesano es: “Una Iglesia en salida que vive la comunión como gracia y proyecto en el que tiene que provocar la cultura del encuentro, la revolución de la ternura y el contacto con la experiencia de la misericordia de la que ella misma es destinataria, que rompe con esquemas de pasividad, conformismo, comodidad y autorreferencia”.

En concreto, los retos que les propongo son los que detallo a continuación.

Primer reto: Fortalecer la identidad eclesial y diocesana para tomar verdadera conciencia comunitaria y fraterna.

34.- En los capítulos anteriores, les presenté, de manera sintética, la riqueza magisterial acerca del misterio-comunión de la Iglesia de Jesucristo, que se expresa en nuestra Iglesia particular de Ciudad Quesada. Supuesto esto, es tarea de todos los bautizados crecer en la espiritualidad de la comunión esencial y necesaria para concretizar en la vida pastoral ese misterio.

35.- En una sociedad en la cual prevalece el individualismo a todo nivel, donde las ofertas doctrinales e ideológicas están a la orden del día, el primer peligro que se corre es perder la identidad, personal y comunitaria; de ahí que hoy nos encontremos con muchos bautizados que “coquetean” con otro tipo de doctrinas y prácticas que riñen esencialmente con el Evangelio de Jesucristo. Con las palabras lo pidió el Papa Francisco a los jóvenes argentinos, en Río de Janeiro, en el sentido de que estuvieran vigilantes de ese peligro: “Por favor, no licuen la fe en Jesucristo. Hay licuado de naranja, hay licuado de manzana, hay licuado de banana, pero, por favor, no tomen licuado de fe. La fe es entera, no se licua. Es la fe en Jesús. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí…no licuen la fe en Jesucristo. Las bienaventuranzas. ¿Qué tenemos que hacer, Padre? Mira, lee las bienaventuranzas que te van a venir bien. Y si querés saber qué cosa práctica tenés que hacer, lee Mateo 25, que es el protocolo con el cual nos van a juzgar. Con esas dos cosas tienen el programa de acción: Las bienaventuranzas y Mateo 25. No necesitan leer otra cosa” (Encuentro con los jóvenes argentinos, Catedral de San Sebastián, Palabras del Papa Francisco, jueves 25 de julio de 2013).

36.- Es urgente, para nuestra realidad diocesana, que, en primer lugar, nosotros los agentes de pastoral la tengamos muy clara y la asumamos como opción fundamental de vida. Nuestra identidad de seguidores de Jesucristo, y de miembros vivos de esta Iglesia de Jesucristo por el bautismo, nos debe llevar a considerar que “Siendo la Diócesis la experiencia concreta en la que «se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica…»” (Decreto Christus Dominus n. 11), “es indispensable que dirijamos nuestra atención y reflexión a su significado en nuestra vida y a cómo vivimos esta experiencia de comunión eclesial en todas sus dimensiones. Por ello, nuestra vinculación a la Iglesia diocesana no puede ser un mero formalismo social, ni se determina por criterios simplemente sociológicos. Ser Iglesia y vivir en comunión diocesana, se trata de una experiencia de fe que configura nuestra vida como discípulos y misioneros, y por lo tanto que tiene su fundamento en el mismo Señor: «los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14.). Por tanto, la experiencia de ser Iglesia está precedida por la elección gratuita que el Señor hace de los suyos (Mc 3,14.) y vincula a los discípulos a su propia vida (Cfr. DA 131) (Mons. José Manuel Garita Herrera, IV Carta pastoral Y serán mis testigos, n. 14, 8 setiembre 2017).

37.- Un agradecimiento especial a todos los fieles laicos que, con tanto amor y compromiso se entregan en cada uno de los servicios que se brindan en las comunidades parroquiales, en los grupos y movimientos apostólicos, experiencias en pequeñas comunidades. Al mismo tiempo, les hago un vehemente llamado para que propiciemos espacios de comunión, valoremos el servicio que unos y otros brindamos y colaboremos activamente con los esfuerzos que cada uno realiza.

38.- La experiencia de la pandemia COVID-19, que estamos viviendo, nos ha hecho despertar en esta profunda necesidad de los unos para con los otros, en valorar lo importante que soy yo para la comunidad y viceversa. Nosotros, como Iglesia particular, tenemos muchas iniciativas que aportar para mantener vivo y fuerte este esfuerzo de comunión que ha provocado la pandemia a nivel mundial; no desaprovechemos la oportunidad para dar testimonio de comunión, fraternidad y solidaridad.

Segundo reto: Reforzar el anuncio del kerigma a todos los agentes de pastoral para lograr una misión evangelizadora más atrayente.

39.- A este propósito, nos dice San Pablo VI en el siguiente y memorable documento: “Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar “las grandezas de Dios”, que la han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por El. En una palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado, y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza a través de una conversión y una renovación constante, para evangelizar al mundo de manera creíble. (Exhortación Evangelii nuntiandi, n. 15, San Pablo VI, 8 diciembre 1975). Es impresionante que este texto, escrito por el Papa San Pablo VI, hace prácticamente 45 años, nos resulte tan actual, lo que no es de extrañar, pues es urgente y necesario no perder de vista nuestra necesidad permanente de ser primero evangelizados para poder luego evangelizar. Por ello, en nuestra sociedad cada vez más descristianizada, líquida, atomizada e indiferente, tenemos que iniciar y hasta continuar procesos de evangelización desde la experiencia de un anuncio kerigmático. No podemos presuponer cosas que, en un pasado más cristiano y eclesial, podíamos presuponer con facilidad y claridad.

40.- Este principio de primero ser evangelizados para luego evangelizar, es la es la razón por la cual el kerigma, anuncio del amor trinitario, que se concretizó de manera extraordinaria en la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor, debe estar siempre presente en cualquier acción eclesial evangelizadora como lo pidieron los Obispos Latinoamericanos en Aparecida: “En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral”(Documento de Aparecida, n. 226 a, mayo 2007).

41.- En nuestra vida eclesial y pastoral, se ha acostumbrado dar inicio a grupos, movimientos y experiencias en pequeñas comunidades, con un primer anuncio de contenidos kerigmáticos fuertes. Cada uno de estos grupos, movimientos y comunidades le ha dado un nombre diferente a estos anuncios, y gracias a Dios que así ha sido, y que han dado buenos frutos en la vida de las personas, pero no olvidemos que el Kerigma no es un anuncio puntual, sino que como lo enfatiza el Papa Francisco: “Cuando a este primer anuncio se le llama «primero», eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n.164, Papa Francisco, 24 noviembre 2013).

42.- Es muy posible, por haber dejado un tanto de lado la primacía del anuncio del kerigma, en función muchas veces hasta de un crecimiento meramente intelectual en el conocimiento de Jesucristo, que nos encontremos hoy con agentes de pastoral con escasa identidad cristiana y católica, y que han dejado su servicio a la comunidad y no viven hoy su vocación bautismal; por ello les exhorto a que en nuestras comunidades parroquiales se pueda “priorizar la iniciación cristiana y kerigmática donde sean necesarias” (Mons. José Manuel Garita Herrera, I Carta pastoral La Esperanza no defrauda n. 5, 1 enero 2015).

Tercer reto: Potenciar la formación integral de nuestros agentes de pastoral como discípulos-misioneros, para que, en su cotidianidad transformen su entorno con los valores del evangelio.

43.- En una sociedad tan líquida, como en la que nos ha correspondido vivir nuestra fe, es urgente, para lograr una verdadera identidad eclesial -afectiva y efectiva- que asumamos en nuestra diócesis una formación integral, kerigmática y permanente, cuya finalidad, como lo pide el Documento de Aparecida “es ayudar a los miembros de la Iglesia a encontrarse siempre con Cristo, y, así reconocer, acoger, interiorizar y desarrollar la experiencia y los valores que constituyen la propia identidad y misión cristiana en el mundo. Por eso, la formación obedece a un proceso integral, es decir, que comprende variadas dimensiones, todas armonizadas entre sí en unidad vital. Al mismo tiempo, la formación es permanente y dinámica, de acuerdo con el desarrollo de las personas y al servicio que están llamadas a prestar, en medio de las exigencias de la historia (Documento de Aparecida, n. 279, mayo 2007).

44.- Reconozco y agradezco los espacios formativos que ya caminan, en nuestras comunidades parroquiales, grupos y movimientos apostólicos, experiencias en pequeñas comunidades, comisiones diocesanas de cada área pastoral o de otras instancias diocesanas. Sin embargo, les invito, al mismo tiempo, a revisar sus contenidos y metodologías, de tal forma que respondan a las necesidades y disponibilidad de tiempo de nuestros agentes de pastoral, y fieles laicos en general, ya que “Con creatividad y audacia, estamos llamados a promover espacios diversos en los cuales los bautizados, por medio de propuestas consistentes de formación y con diferentes proyecciones, puedan profundizar en su identidad y sentido de pertenencia a la vida eclesial. Esta es una tarea que, si bien es cierto, debe ser promovida como espacio comunitario, no por ello rehúsa, sino por el contrario, integra, el compromiso de cada creyente en la búsqueda de su propia formación cristiana y eclesial” (Mons. José Manuel Garita Herrera, IV Carta pastoral Y serán mis testigos, n. 36, 8 setiembre 2017).

45.- La pandemia que hemos estamos viviendo, durante este año 2020, nos ha obligado a dar repentinamente un salto tecnológico, que nos ha resultado todo un reto, y que está dejando resultados dignos de apreciar y de mantener activos de aquí en adelante. Por tanto, deberíamos analizar, para este espacio de la formación, la gran oportunidad que significan las metodologías virtuales de formación en plataformas de educación a distancia, a fin de crear un Programa Virtual de Formación de Laicos. Cuarto reto: Fortalecer la vida litúrgica de nuestras comunidades parroquiales.

46.- La profundidad y riqueza espiritual que contiene la liturgia de nuestra Iglesia es una fuente inagotable de gracia y santificación que no debemos, por ningún motivo, ni descuidar ni abandonar. Cada signo, gesto y palabra en la liturgia nos deben llevar al encuentro con el Señor y nos capacitan para dar testimonio de Él y de su Iglesia, como lo apunta con claridad el Concilio Vaticano II: “Por eso, al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu, hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor” (Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 2, 4 diciembre 1963).

47.- Por esta razón, todos los agentes de pastoral, pastores y fieles, debemos procurar que, en cada sacramento, sacramental, momento de adoración eucarística o en cada acto de la piedad popular, se celebre la Liturgia de Jesucristo, que se la ha entregado a la Iglesia, para que la celebremos con toda dignidad, decoro, respeto y cuidado, conforme a su riqueza espiritual.

48.- Durante todo este tiempo de la pandemia por el COVID-19, hemos notado lo difícil que se torna la vida del cristiano sin la celebración comunitaria de la liturgia, en cada una de sus diversas expresiones, pero, ante todo, en la Eucaristía. Estos meses de templos cerrados nos tienen que ayudar a valorar el Sacramento por excelencia, que es la Eucaristía, ya que, como nos lo dijo San Juan Pablo II: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 1, 17 abril 2003).

49.- Toda esta invaluable riqueza espiritual de la liturgia eclesial, y de forma especial del sacramento de la Eucaristía, debemos aprovecharla, de forma plena, a través de un verdadero “arte celebrativo”, evitando la gran tentación de la sociedad de hoy del exhibicionismo egocéntrico, del sentimentalismo que reduce las celebraciones a la mera y simplista aceptación de los sentidos. Una verdadera y eclesial celebración de la liturgia no quita protagonismo a ningún agente de pastoral, sea ministro ordenado o laico, todo lo contrario, como lo dijo el Papa emérito Benedicto XVI: “En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la necesidad de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9)” (Papa Benedicto XVI, Exhortación Sacramentum Caritatis, n. 38, 22 febrero 2007). Quinto reto: Evaluar y adaptar a la realidad diocesana el proceso permanente de catequesis.

50.- La catequesis es un medio de evangelización muy importante que tenemos como Iglesia, a través de ella, se trata de reforzar la transmisión de la fe en los niños, niñas, jóvenes y adultos, proceso que ha iniciado en sus hogares, en virtud del compromiso que sus padres hicieron al momento de bautizarlos de educarles en la fe, tal como la definió San Juan Pablo II: “Globalmente, se puede considerar aquí la catequesis en cuanto educación de la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana. En este sentido, la catequesis se articula en cierto número de elementos de la misión pastoral de la Iglesia, sin confundirse con ellos, que tienen un aspecto catequético, preparan a la catequesis o emanan de ella: primer anuncio del evangelio o predicación misional por medio del kerigma para suscitar la fe apologética o búsqueda de las razones de creer, experiencia de vida cristiana, celebración de los sacramentos, integración en la comunidad eclesial, testimonio apostólico y misional. (San Juan Pablo II, Catechesi Tradendae, n.18, 16 octubre 1979).

51.- Agradezco de corazón a los cientos de fieles que, a lo largo y ancho del territorio diocesano, prestan con tanto amor y carisma y generosidad el servicio de la catequesis en todos sus ámbitos, aprovechando los insumos que se han elaborado desde la Comisión Nacional de Catequesis, incluso en este tiempo de pandemia del COVID-19. Por ello, valoro altamente los esfuerzos de muchos catequistas de continuar su misión a través de medios tecnológicos.

52.- Precisamente para fortalecer todos estos esfuerzos nacionales y diocesanos, deseo que se lleve adelante una revisión profunda del proceso de catequesis en nuestras comunidades parroquiales, pues no es un secreto para nadie, y esto lo he constado personalmente en las visitas pastorales a las parroquias, que los frutos del proceso de catequesis en sus diferentes ámbitos no han sido los esperados.

53.- Cuántos niños, niñas, jóvenes y adultos, han experimentado estos encuentros catequísticos, durante estos 25 años de caminar diocesano, y luego desaparecen de la vida de la Iglesia. Cuántas personas han vivido la catequesis bautismal, desde el año 2004 que se implementó en nuestro territorio diocesano, y luego no se integran a la vida de la Iglesia. Cuántas parejas han realizado la catequesis matrimonial y se han casado sacramentalmente, pero luego no viven como Iglesia doméstica y en compromiso con la Iglesia. Cuántos padres y madres de familia se desentienden del proceso de catequesis de sus hijos y no los apoyan y acompañan como debería ser, de conformidad con el compromiso que asumieron.

54.- Como pastor diocesano, señalo como posibles causas de esta situación y, por lo tanto, aspectos que debemos evaluar y reencauzar, los siguientes:

 Se presupone la fe de las personas que vienen a solicitar su participación en el proceso de catequesis.

 Se comete el grave error de ver el proceso de catequesis con una finalidad meramente de requisito para poder recibir los sacramentos (Primera Comunión, Confirmación, Matrimonio) y no como lo que debe ser, un proceso permanente de educación en la fe de todos los bautizados.

 No hemos analizado a fondo si los insumos de la Comisión Nacional de Catequesis se adaptan a nuestra realidad diocesana, y si los estamos aplicando tal cual se nos brindan, y quizás por esa razón terminamos no aprovechando la riqueza de los mismos.

 La vocación de ser catequista se ha visto disminuida en muchas comunidades parroquiales, y en no pocas ocasiones algunas personas brindan el servicio por intereses personales o familiares, y no como un compromiso bautismal permanente.

 La formación específica de los agentes de pastoral, que prestan el servicio de la catequesis, muchas veces no es la más adecuada, y por otro lado se ve muy afectada la participación de muchos catequistas en razón de que sus estudios universitarios abarcan hoy en día los sábados y domingos.

 Y, finalmente, no logramos integrar e involucrar a los padres y madres de familia en el proceso permanente de catequesis.

55.- Por estas razones, insto a las comisiones parroquiales, vicariales y diocesana de catequesis a emprender este esfuerzo de evaluación, renovación y nuevo impulso del proceso permanente de catequesis en nuestra diócesis en la que “Debemos saber utilizar, para este fin, todos los medios existentes en nuestras comunidades parroquiales, entre ellos el reto de hacer de la catequesis, en sus diferentes niveles, un canal privilegiado para transmitir la Palabra y animar, a través de ella, a que todo catequizando: niño, joven o adulto, viva su vida en diálogo con el Señor, injertado vitalmente en el seno de la comunidad eclesial, y nutriendo en ella el compromiso de una auténtica vida cristiana. Para lograr este fin, es fundamental el que la preparación a los Sacramentos trascienda los límites de una preparación inmediata, para llegar a establecer verdaderos procesos sistemáticos de crecimiento en la fe. En este sentido, he repetido muchas veces que el católico que no se forma, no conoce su fe ni su Iglesia”. (Monseñor José Manuel Garita Herrera, IV Carta pastoral Y serán mis testigos, n. 34, 8 setiembre 2017).

Sexto reto: Dinamizar los procesos parroquiales de evangelización con experiencias misioneras permanentes.

56.- Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy se nos ha insistido en la renovación y dinamización de nuestros métodos y procesos de evangelización, de tal forma que el Evangelio de Jesucristo pueda llegar a todas las personas. Renovar y dinamizar son dos verbos que, nuestra actualidad diocesana, son más que urgentes, en vista de la fuerza que tienen otras ofertas ideológicas para las personas. Hoy el “supermercado” de formas de realización personal es excesivamente variado, y ha logrado calar muy fuerte en la vida de no pocos creyentes, especialmente en los más jóvenes y en los que, por una razón u otra, se han alejado lamentablemente de la vida de la Iglesia.

57.- Nuestra Iglesia particular de Ciudad Quesada, a lo largo de estos 25 años de existencia y camino, no ha dejado de estar en actitud de reflexión, evaluación y de búsqueda de respuestas pastorales nuevas a realidades nuevas, sea por medio de las asambleas diocesanas de pastoral que se ha realizado, o también de las asambleas parroquiales de pastoral, que poco a poco se han ido convirtiendo en una práctica normal y necesaria en la vida de las comunidades parroquiales, como lo hice ver en mi IV Carta pastoral: “Un signo elocuente de este camino que debemos seguir forjando son las Asambleas parroquiales que se han venido implementando, y que nos han llevado a sentarnos a mirar la realidad en que vivimos, a hacer de ella una lectura desde la fidelidad del Padre y «a la luz de su providencia», para discernir «desde Jesucristo, Camino, Verdad y Vida», los desafíos que nos presenta y definir líneas de acción que, «desde la Iglesia» (DA 19), nos lleven a dar respuestas a los mismos. Esta iniciativa, acogida por la mayoría de las comunidades parroquiales, y a la que espero se vayan sumando todas, ha generado un dinamismo esperanzador, cuando en consciencia, desde ellas se va buscando con seriedad afianzar un proyecto diocesano, pero, al igual que la primitiva comunidad de Jerusalén, debemos “perseverar”” (Mons. José Manuel Garita Herrera, IV Carta pastoral Y serán mis testigos, n. .24, 8 setiembre 2017).

58.- La finalidad y actividad del Consejo de Pastoral Parroquial es fundamental en este proceso de conversión personal y pastoral que venimos llevando como Diócesis de Ciudad Quesada, tal como lo expresa la finalidad del mismo en sus los Estatutos: “La finalidad del Consejo de Pastoral Parroquial es conocer y analizar, desde la fe, la realidad parroquial, y discernir a la luz del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, las acciones pastorales de la Parroquia con las que se va a tratar de iluminar y responder a dicha realidad” (Diócesis de Ciudad Quesada, Estatutos del Consejo de Pastoral Parroquial, artículo 3, 17 de mayo 2016).

59.- En muchas comunidades parroquiales se han ido dando pasos en esta renovación y dinamización tan necesaria y urgente, a la luz de la reflexión en las Asambleas Parroquiales de Pastoral y en los Consejos de Pastoral Parroquial. Como fruto de ello, encontramos grupos de misioneros parroquiales que visitan casa por casa los distintos sectores de las comunidades, otras experiencias en las que los miembros de las distintas expresiones eclesiales de pequeñas comunidades, grupos y movimientos apostólicos, en una actitud de comunión, realizan mes a mes misiones casa por casa, y llevan a cabo acciones concretas en cada tiempo litúrgico en las distintas filiales de las parroquias, así como también las misiones eucarísticas que han ido surgiendo a la luz de la bendita y fructífera experiencia de las capillas de adoración eucarística perpetua. Como pastor diocesano, agradezco estos pasos lentos, pero firmes, que se han ido dando, y motivo a todas las comunidades parroquiales para que avancemos juntos en este proceso de conversión pastoral misionera y evangelizadora.

Sétimo reto: Alcanzar una cultura en defensa de la vida y de la dignidad humana.

60.- Es evidente y doloroso que la cultura de la muerte ha llegado, de manera rápida y agresiva, a nuestra sociedad costarricense, especialmente durante los últimos años. Por desgracia, ya se han asumido modelos e iniciativas ideológicas, y en cuyo contexto el don de la vida y el respeto a su dignidad no son respetados ni protegidos. Todo lo contrario, lamentablemente ya se han dado paso a legislaciones que, de manera solapada y a base de eufemismos, “normalizan” la criminal práctica del aborto voluntario, y ya se escuchan voces sobre el avance de otros proyectos de ley que van en la misma línea, y atinentes al descarte de personas ancianas y enfermas, “no útiles” según el criterio social de consumismo exacerbado en el que nos encontramos. Esta irrupción violenta y en contra de la vida, nos la había anunciado desde mucho antes San Juan Pablo II: “Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes” (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, n. 3, 25 de marzo 1995).

61.- Por estas razones, sin duda debemos redoblar esfuerzos como agentes de pastoral para anunciar, con fuerza y alegría, la belleza de la doctrina eclesial sobre la dignidad humana y respeto a la vida, en todas y cada una de las fases de su existencia, desde el momento de la fecundación hasta la muerte natural, como lo leemos en Aparecida: “La creación del varón y la mujer, a su imagen y semejanza, es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Luego, sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte” (Documento de Aparecida n. 388).

62.- De esta afirmación del magisterio latinoamericano y del Caribe, resulta claro entonces, como lo expresé en la IV Carta Pastoral, que “Como Iglesia diocesana, debemos experimentar un profundo dolor ante las consecuencias de los embates agresivos de la “cultura de la muerte” que ya cité anteriormente. Pero no podemos quedarnos solamente en ese sentimiento de dolor, sino que hemos de sentirnos retados y desafiados por esas consecuencias dolorosas, por tanto, hemos de ser audaces y creativos para que, en la vida pastoral de cada una de las comunidades parroquiales de la Diócesis, se lleve esa agua fresca del encuentro con Jesucristo a cada uno de los ambientes en donde esté presente un hijo muy amado de Dios, en la familia, en la niñez, en la juventud, en la vida adulta, en el adulto mayor, en el trabajo, en la diversión, en el deporte, en la cultura y el arte, en la tecnología y en nuestra casa común” (Mons. José Manuel Garita Herrera, IV Carta Pastoral Y serán mis testigos, n. 88, 8 setiembre 2017).

63.- En consecuencia, resulta urgente que, a través de una sólida formación, los agentes de pastoral tengamos claridad absoluta en este tema de la dignidad humana y del valor sagrado de la vida desde la fecundación hasta la muerte natural. Esta convicción y seguridad nos dará la luz en la conciencia para no sucumbir ante la astucia del mal, que busca a través de eufemismos y del manejo de los sentimientos, hacernos creer que el mal es bien, y que debemos “modernizar y acomodar” el Evangelio de Jesucristo a los caprichos de ideologías pasajeras y malévolas. Necesitamos claridad de ideas, firmeza en la fe y valor para el testimonio valiente y decidido que hemos de dar siempre, pero, sobre todo, en estos tiempos tan particulares.

Octavo reto: Crear canales eclesiales para asumir en Jesús, Buen Samaritano, la praxis solidaria y fraterna con los rostros más dramáticos de la extrema pobreza.

64.- En esta hermosa tierra, en la que peregrinamos como Iglesia particular de Ciudad Quesada, convergen los extremos sociales de la abundancia material y la pobreza extrema. Si bien es cierto, se trata de una zona donde se dan muchas fuentes de ingreso económico, por la lechería, la agricultura tradicional, los monocultivos para exportación, el turismo, las plantas ornamentales entre otras, la riqueza generada por las mismas se concentra en muy pocas manos, y la pobreza extrema se hace presente en gran parte de nuestro territorio, ya que muchas personas se convierten en mano de obra barata, sin las garantías sociales básicas que contempla la ley de nuestro país.

65.- En las visitas pastorales que he realizado a todas las comunidades parroquiales de la diócesis, he podido constatar los rostros más dramáticos de la extrema pobreza, reflejados en niños, jóvenes, mujeres, adultos mayores, nacionales o migrantes, que por más esfuerzos que hagan no logran obtener ni el sustento necesario para una vida digna. Estos rostros de pobreza extrema se han agravado, en cantidad y en calidad, desde el inicio de la pandemia del COVID-19, cuyas consecuencias en la economía mundial son devastadoras y preocupantes para nuestro país, y para nuestra diócesis también, pues en las comunidades muchas fuentes de trabajo de nuestros pobres dependen de las exportaciones de productos y del turismo extranjero. Por consiguiente, al cerrarse, por la prevención sanitaria, nuestras fronteras y cesar muchas exportaciones, no son pocas las personas que han quedado desempleadas o con un porcentaje mínimo de su ingreso normal, aumentando así la incertidumbre y la angustia.

66.- Esta situación de extrema gravedad me lleva a recordar las siguientes palabras que les dirigí en mi V Carta Pastoral para reafirmar cuál debe ser nuestro real compromiso para ser presencia de Jesús, Buen Samaritano, en medio de estos ambientes, situaciones y personas: “Por tanto, se concluye que la acción caritativa debe responder a tres criterios: resolver las causas estructurales de la pobreza desde una correcta participación del creyente en la vida política; la cooperación de todos en la promoción integral de los pobres; y la comunión de los signos tangibles de la solidaridad. Para hacer posible este proceso liberador, es preciso que el creyente deba capacitarse para conocer y asumir de forma responsable el compromiso social de su fe” (Mons. José Manuel Garita Herrera. V Carta pastoral No volverás la espalda a tu hermano, n. 25, 2 agosto 2018). Es evidente que, en estos momentos históricos de la pandemia del COVID-19, se hace más urgente la presencia de los signos tangibles de solidaridad, y agradezco infinitamente el esfuerzo que, del cual soy consciente, se realiza en cada comunidad parroquial, por medio de los comités parroquiales de pastoral social, para lograr llevar auxilio a las familias en extrema pobreza, díganse las que ya se venían asistiendo de forma regular, y a las que ahora se han integrado a dicha ayuda por la pandemia.

67.- Cómo diócesis, esta pandemia nos llevó a iniciar el canal eclesial del Banco de alimentos, desde el cual hemos logrado llevar también un poco de alivio los hogares que han vistos cortado o disminuido su poder adquisitivo, proyecto para el cual los insto a seguir colaborando de acuerdo a sus posibilidades. Otros canales eclesiales de solidaridad, que debemos agradecer a Dios y aprender a apoyar y utilizar, son el Fondo diocesano de los pobres Padre Eladio Sancho, a través del cual podemos solventar algunas necesidades más apremiantes de familias en extrema pobreza, a nivel de mejora infraestructura de las viviendas, canasta básica, o insumos para elevar la calidad de vida de personas enfermas o adultas mayores. Asimismo, contamos con la Casa de la Misericordia San Vicente Paul, que atiende a la población en situación de calle, brindándoles un espacio donde asearse adecuadamente, alimentos y ropa, y esperamos pronto ir integrando otros servicios profesionales con la ayuda de todos.

68.- La pandemia ha desnudado, con más claridad, los gravísimos problemas estructurales que tenemos como sociedad, en la cual se ha privilegiado el tener y el poder, por encima del ser y la dignidad cada la persona. Esta coyuntura es un fuerte llamado de atención que no debemos ignorar, se trata de una oportunidad para que trabajemos de manera decidida en la justa participación del creyente en la vida política, y este es un ámbito fundamentalmente laical. Es doloroso darse cuenta de que muchos, supuestamente creyentes, y que llegan a ocupar servicios públicos por elección popular, no iluminan con el Evangelio su servicio para el cual son elegidos; por el contrario, muchas veces se les nota “licuando” la fe con otras propuestas totalmente antievangélicas e igualmente alejadas de la doctrina de la Iglesia.

69.- Como Iglesia diocesana, debemos promover intensamente la formación de los laicos en la Doctrina Social de la Iglesia, tanto desde el proceso permanente de catequesis en todos sus ámbitos, como dentro de los grupos, movimientos apostólicos y experiencias en pequeñas comunidades, para que todos asumamos de forma responsable el compromiso social que ineludiblemente tiene la fe y la promoción integral de los más pobres: “Urge, en consecuencia, una sólida y profunda formación de la conciencia social de los bautizados, para poder purificar su mirada de los sesgos de las modas religiosas, para asumir como criterio de verdad la fidelidad al Evangelio, el profetismo, como actitud permanente de denuncia a todo lo que sea contrario al propósito de Dios de hacernos personas plenas, a través del cambio de las estructuras de los pecados sociales, y asumiendo las consecuencias de decirle sí al Reino de Dios y su justicia” (Mons. José Manuel Garita Herrera, V Carta pastoral No volverás la espalda a tu hermano, n. 40, 2 agosto 2018).

70.- De esta manera lograremos romper, de una vez por todas, con la globalización de la indiferencia que tanto nos carcome como sociedad y como Iglesia también, tal y como lo apuntó de forma contundente el Papa Francisco: “Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza” (Papa Francisco, Mensaje XLIX Jornada Mundial de la Paz n. 4, 1 enero 2016).

71.- Por el contrario de lo que denunciaba el Papa, deberíamos tomar el rumbo de la globalización de la solidaridad entendida como “una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 189, 24 noviembre 2013). Por tanto, para alcanzar esta globalización de la solidaridad, es necesaria la conversión del corazón del creyente, a fin de retomar el camino de la verdadera acción caritativa y social de cada cristiano.

72.- No cabe duda que la globalización de la solidaridad y de la misericordia son un camino transformador y liberador de la vida personal y del tejido social en el que nos desenvolvemos como lo recordé en la V Carta pastoral: “Es Jesús, en el Evangelio de San Lucas 10, 25- 37, quien nos enseña el itinerario para una práctica de la solidaridad que transforma la realidad de los que han sido colocados a la espalda de la sociedad, al mismo tiempo que los promueve como sujetos de una vida de acuerdo al plan de Dios. Y es que, en este relato, encontramos una sucesión de verbos que son ineludibles como forma de establecer el diálogo que nos lleva a reinstalar la esperanza en medio de nuestras comunidades. Estas acciones son llegar, ver y compadecerse. Valiosa y trascendental enseñanza de Jesús para nuestros días, y que coincide con la invitación del Papa Francisco a que seamos “Iglesia en salida”” (Mons. José Manuel Garita Herrera, V Carta pastoral No volverás la espalda a tu hermano, n. 38, 2 agosto 2018).

73.- Clamo a Dios Padre misericordioso, para que esta dura experiencia de la pandemia nos ayude a retomar el camino como auténticos y comprometidos discípulos de Jesucristo de frente a su rostro dramático y sufriente que constantemente se nos presenta en los más vulnerables y en los descartados socialmente, de tal forma que al final de nuestras vidas podamos experimentar lo que nos transmite este hermoso texto del Papa Francisco: “Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios” (Papa Francisco, Mensaje I Jornada mundial de los pobres, n. 5, 19 de noviembre de 2017).

Noveno reto: Fomentar el cuidado de la casa común impulsando la ecología integral.

74.- Dios ha bendecido abundantemente el territorio de nuestra querida diócesis de Ciudad Quesada, desde Los Chiles hasta el río La Vieja, desde Guatuso hasta Rio Frío, y desde La Fortuna hasta Peñas Blancas, con una exquisita biodiversidad que cautiva a todos los que transitamos por ella, nacionales y extranjeros, para disfrutar de los hermosos parajes naturales en las montañas imponentes, en los ríos, en las llanuras, en los humedales, en las fuentes de aguas termales, etc. Sin embargo, es doloroso seguir constatando que no hemos actuado con la responsabilidad que deberíamos de frente al cuidado de nuestra casa común, y hoy seguimos constatando lo que desde el año 2016 ya había señalado en mi II Carta pastoral: “en las últimas décadas hemos arremetido contra el medio ambiente, la mayoría de las veces buscando solamente el beneficio económico particular, dejando de lado el bien común que atañe a todos” (Mons. José Manuel Garita Herrera, II Carta pastoral Dichosos los que crean sin haber visto, n. 26, 27 marzo 2016).

75.- Durante esta pandemia, que nos ha obligado a permanecer más tiempo dentro de nuestros hogares, se ha notado a nivel mundial cómo la misma naturaleza se ha comportado de manera distinta ante la disminución de la contaminación que provocamos los seres humanos, en nuestra guerra productiva y competitiva. Esto nos da la certeza que de verdad nuestra casa común gime de dolor ante nuestros graves desaciertos como administradores de la creación, como lo había señalado en mi V Carta pastoral: “Los clamores de la casa común herida por el utilitarismo desmedido que insiste, de forma cínica, en defender a ultranza la explotación del ambiente, a pesar de los continuos llamados realizados por científicos, líderes sociales y religiosos del mundo; pese a ello y a los mismos clamores, no se logra el reconocimiento de los impactos que sufre la creación que se debate en un desvanecimiento paulatino de sus recursos. La arrogancia suicida de los que siguen negando el calentamiento global, so pretexto de ser una posición de extremistas ideológicos, sigue haciendo cálculos económicos sobre las ganancias que sacan de las riquezas de la creación. Por otra parte, preocupa la justificación que hacen los utilitaristas de que están respondiendo al hambre en el mundo, afirmación que contrasta con la cantidad de personas que hoy mueren por la ausencia de alimentos, no porque no los haya, sino porque la injusticia en la distribución de los bienes de la creación ya es una coraza que ha vuelto impenetrable la conciencia de los mercaderes de la casa común, que es don de Dios para todos y no para unos cuantos” (Mons. José Manuel Garita Herrera, V Carta pastoral No volverás la espalda a tu hermano, n. 18, 2 agosto 2018).

76.- Los bautizados que peregrinamos en esta Iglesia particular de Ciudad Quesada, estamos llamados a no quedarnos de brazos cruzados ante esta gravísima situación, empezando desde nuestras familias, en las que se debe inculcar, como parte de la educación integral en la fe, el cuidado de la naturaleza, enseñando a no contaminar con basura, sino a reciclarla; a no desperdiciar el don indispensable del agua, a reforestar, etc. Hago un llamado para que, desde la Vicaría Episcopal de Pastoral Social, se lleven adelante iniciativas, a fin de crear espacios de reflexión, tanto a nivel diocesano como parroquial, sobre el tema de la Ecología integral, aprovechando la experiencia de personas profesionales en el campo que nos pueden iluminar, y por supuesto fortaleciendo sus enseñanzas con el magisterio eclesial sobre el cuidado de la casa común, en particular de la Carta Encíclica Laudato’ Si del Papa Francisco, de tal forma que los agentes de pastoral tomemos conciencia de que “Como creyentes buscamos la santidad, por lo que hoy debemos reconocer que “la paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia?” (Laudato Si’ 225). Un signo inequívoco de nuestra recuperación como personas integrales es que procedamos al establecimiento de una relación de cuidado real a la creación, en la que el ser humano es la cúspide y depositario de las más intensas muestras del amor de Dios” (Mons. José Manuel Garita Herrera, V Carta pastoral No volverás la espalda a tu hermano, n. 42, 2 agosto 2018).

Décimo reto: Favorecer la centralidad de la Palabra de Dios en la vida personal y en las acciones pastorales.

77.- Esta es una cuestión y experiencia fundamental en la vida de la Iglesia y para la fe de cada uno de los que la conformamos, pues se trata de “La importancia de una “pastoral bíblica”, entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra” (Documento de Aparecida, n. 248, mayo 2007). Estas palabras deben llevarnos a una revisión profunda de nuestra cercanía personal con la Sagrada Escritura y de nuestro caminar pastoral como Iglesia particular, pues debe tener como aspecto medular la animación bíblica, ya que dependiendo de la centralidad que tenga la Palabra, así será el mensaje que logremos llevar como agentes de pastoral en todos los rincones de nuestra Iglesia diocesana.

78.- Agradezco profundamente a los grupos y movimientos apostólicos, experiencias en pequeñas comunidades y otros carismas, presentes en nuestra Iglesia diocesana, el esfuerzo que hacen por acercar la Palabra de Dios a la vida de los fieles para fortalecer su camino de fe dentro de la espiritualidad de cada una de estas realidades eclesiales. Al mismo tiempo, hago un llamado a los Consejos parroquiales de pastoral, para que fomenten iniciativas en las comunidades parroquiales a fin de acercar a los fieles al conocimiento y correcta utilización de la Sagrada Escritura, idealmente a través de cursos bíblicos, utilizando los insumos que nos ofrece la Comisión Nacional de Catequesis, instando a las familias a realizarlos por sectores o barrios, como lo he pedido en cada una de las visitas pastorales que he realizado.

79.- Se debe fomentar también la experiencia de la Lectura orante con la Palabra de Dios o Lectio Divina dentro del proceso permanente de la catequesis, de tal forma que, desde muy pequeños, hagamos experiencia de esta gran fuente de vida espiritual. De igual manera, utilizarla en nuestros encuentros, ya sea con padres y madres de familia de la catequesis, con motivo de la novena de los Santos Patronos de nuestras comunidades, o fomentando que algunas familias de un barrio o sector se encuentren para vivir esta experiencia una vez a la semana. En fin, se trataría de aprovechar todas las oportunidades que tenemos para vivir en intimidad con la Sagrada Escritura y escuchar la voz de Dios.

80.- A los sacerdotes les motivo para que prioricen la formación bíblica en los encuentros formativos que de forma responsable promueven con los agentes de pastoral de las parroquias. Sin duda, esto, poco a poco, nos llevará a “Favorecer la centralidad de la Palabra de Dios en toda acción pastoral, y con ella la prioridad por la oración y el lugar de la gracia como iniciativa de Dios en favor nuestro” (Mons. José Manuel Garita Herrera, I Carta pastoral La Esperanza no defrauda, n. 5, 1 enero 2015). Por supuesto, siempre a los sacerdotes, les insto a tener un contacto frecuente y orante con la Palabra de Dios a nivel personal, a fin de cultivar su diálogo íntimo con Dios y beber de esa fuente inagotable para afianzar su espiritualidad sacerdotal y animar su caridad pastoral.

Undécimo reto: Acompañar la vida familiar desde todas las iniciativas pastorales presentes en la diócesis.

81.- Si hay una institución social que ha sufrido con mayor agresividad la erosión de la tendencia de lo pasajero, del no compromiso y del fenómeno de la sociedad líquida para la que nada es permanente, es la familia. En épocas no muy lejanas en nuestras escuelas y colegios se nos enseñaba que la familia es la “célula fundamental de la sociedad”, hoy en día, prácticamente se le ataca a muerte, y de ese ataque es donde surgen las nefastas consecuencias que experimentamos de una sociedad enferma y decadente. Esta triste realidad la resume muy bien el Papa Francisco: “Por otra parte, «hay que considerar el creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto» «Las tensiones inducidas por una cultura individualista exagerada de la posesión y del disfrute generan dentro de las familias dinámicas de intolerancia y agresividad». Quisiera agregar el ritmo de vida actual, el estrés, la organización social y laboral, porque son factores culturales que ponen en riesgo la posibilidad de opciones permanentes” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, n. 33, 19 marzo 2016). Estas son las consecuencias del individualismo y del materialismo que muchas veces nos aíslan y hacen que nos desentendamos hasta del interno de la propia dinámica familiar.

82.- Sin embargo, esta triste realidad social, en la que nos corresponde vivir nuestra fe, no debe llevarnos al desaliento ni a la desesperanza; todo lo contrario, se debe transformar en un reto para cada uno de nosotros los bautizados busquemos creativamente iniciativas a fin de presentar a la sociedad de hoy la belleza de la familia, en cuento comunidad de vida y del amor, tal y como la describió San Juan Pablo II: “Y dado que, según el designio divino, está constituida como «íntima comunidad de vida y de amor», la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (San Juan Pablo II, Exhortación Familiaris Consortio, n.17, 22 noviembre 1981). El principal medio para el anuncio de esta belleza de la familia, es sin duda el testimonio de vida de aquellas familias que viven con profunda alegría -sin creerse perfectas- la gracia de la vocación a la que Dios les ha llamado. Para que nuestras familias logren ser ese testimonio viviente que grite a la sociedad de hoy lo hermoso que es vivir el proyecto de familiar, según lo quiere Dios, debemos como Iglesia particular acompañarlas en su caminar y desde su propia realidad.

83.- Hago un vehemente llamado para que, desde la Comisión diocesana de pastoral familiar, se asuma con urgencia el proyecto de acompañar a las familias desde los grupos y movimientos de familia que están presentes en la diócesis, pero, sobre todo, a través de la promoción de una verdadera pastoral familiar, en cada una de las parroquias, que logre plasmar lo que nos indica el Papa Francisco: “La pastoral familiar «debe hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana: a su dignidad y a la realización plena en la reciprocidad, en la comunión y en la fecundidad. No se trata solamente de presentar una normativa, sino de proponer valores, respondiendo a la necesidad que se constata hoy, incluso en los países más secularizados, de tales valores»” (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, n. 201, 19 marzo 2016).

84.- Por tanto, la pastoral familiar no debe quedarse únicamente en la realización de las catequesis matrimoniales de aquellas parejas que están discerniendo su posible vocación al matrimonio, sin duda alguna hay que ir más allá y lograr implementar en la diócesis algunas iniciativas, en clave de pastoral de conjunto y de verdadero acompañamiento, con las otras comisiones diocesanas como las siguientes:

a.- Una pastoral de novios, junto a la pastoral juvenil y pastoral vocacional, que acompañe a las parejas de novios que desean llevar adelante un proyecto de noviazgo cristiano.

b.- Un acompañamiento para las parejas de vida sacramental por segmentos de años de casados, desde los primeros años del matrimonio hasta aquellas parejas de adultos mayores que muchas veces presuponemos que no necesitan ya ser acompañadas.

c.- Un acompañamiento para las parejas que viven en situaciones llamadas irregulares, que no son pocas en nuestro territorio diocesano, y que casi no las hemos acompañado.

d.- Acercarse a las realidades de familias que son encabezadas por una sola persona, madres solteras o padres solteros, o que han sufrido rupturas fuertes como el divorcio o la viudez.

85.- En la medida en que prioricemos pastoralmente este acompañamiento de la vida familiar, lograremos avanzar en volver a darle a la transmisión de la fe el lugar preferente que debe tener, ya que es la familia la primera escuela de fe como lo señalaba en mi II Carta pastoral: “La fe se empieza a conocer y a vivir en el seno de la familia, de ahí que el núcleo familiar es indispensable en la experiencia originaria y subsiguiente de la fe en la vida del creyente” (Mons. José Manuel Garita Herrera, II Carta pastoral Dichosos los que crean sin haber visto n. 22, 27 marzo 2016).

Duodécimo reto: Ofrecer una pastoral de la juventud que escuche y acompañe a los jóvenes en la construcción de su proyecto de vida, desde una cultura vocacional.

86.- Si hay una etapa de la vida hermosa y radiante, por muchos motivos, es la juventud. Lamentablemente, hoy en día, está excesivamente bombardeada por esta sociedad líquida, individualista, consumista y hedonista, que vive mucho de las apariencias, y que hace ver a la juventud como un sector de la sociedad sin interés en nada y sin compromiso alguno, además de dar la idea de que los jóvenes no se interesan por una vida de fe ni tampoco por Dios. Nada más lejos de la verdad que una visión de este tipo. Por el contrario, el problema no es de la juventud, sino más bien de nosotros los adultos en la fe que no hemos asumido el compromiso de acompañarles en esta etapa crucial de sus vidas, como lo dijo con firmeza el Papa Francisco en la JMJ en Panamá: “E incluso a ustedes, queridos jóvenes, les puede pasar lo mismo cada vez que piensan que su misión, su vocación, que hasta su vida es una promesa pero solo para el futuro y nada tiene que ver con el presente. Como si ser joven fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el turno de su hora. Y en el “mientras tanto” de esa hora, les inventamos o se inventan un futuro higiénicamente bien empaquetado y sin consecuencias, bien armado y garantizado y con todo “bien asegurado”. No queremos ofrecerles a ustedes un futuro de laboratorio. Es la “ficción” de alegría, no la alegría del hoy, del concreto, del amor. Y así con esta ficción de la alegría los “tranquilizamos”, los adormecemos para que no hagan ruido, para que no molesten mucho, para que no se pregunten ni nos pregunten, para que no se cuestionen ni nos cuestionen; y en ese “mientras tanto” sus sueños pierden vuelo, se vuelven rastreros, comienzan a dormirse y son “ensoñamientos” pequeños y tristes (cf. Homilía del Domingo de Ramos, 25 marzo 2018), tan solo porque consideramos o consideran que todavía no es su ahora; que son demasiado jóvenes para involucrarse en soñar y trabajar el mañana. Y así los seguimos procrastinando… Y ¿saben una cosa?, que a muchos jóvenes esto les gusta. Por favor, ayudémosle a que no les guste, a que se rebelen, a que quieran vivir el ahora de Dios” (Papa Francisco, Homilía Santa Misa para la Jornada Mundial de la Juventud, Campo San Juan Pablo II, Metro Park, domingo, 27 de enero 2019).

87.- La pastoral de la juventud tiene la gran misión de acompañar a sus etarios en la construcción de su proyecto de vida, no es definirles el mismo, se trata de aprender a escucharlos para que nos descubran y nos reten con sus necesidades actuales que distan mucho de las que tuvimos los adultos de hoy cuando fuimos jóvenes. Por tanto, es el momento de “proponer en los jóvenes un camino que dé sentido a sus vidas más allá de la moda o de los placeres del mundo. La idea es que ellos tengan un auténtico sentido de responsabilidad, que vivan con conciencia trascendente de la eternidad y no solamente de acuerdo con lo que este mundo ofrece. Allí está el reto para la juventud: ser diferentes de lo que la ola presente en redes sociales les muestra: el éxito fácil, la cantidad de likes o las reacciones virales” (Mons. José Manuel Garita Herrera, VI Carta pastoral No digas: soy joven, porque, adónde quiera que te envíe, irás, n. 3, 1 octubre 2019). Se trata, pues, de acompañar pastoralmente a los jóvenes para que alcancen una auténtica identidad cristiana y una verdadera realización.

88.- Como pastor diocesano, agradezco profundamente el compromiso que, en muchas parroquias, los líderes de la pastoral de la juventud llevan adelante, para ofrecer semana a semana, un espacio de encuentro para los jóvenes que desean compartir su vida de fe. Invito a las comunidades parroquiales a apoyarles en las iniciativas que lleven a cabo, que vivan, como Iglesia que son, sus experiencias grupales juveniles. Estos líderes de la pastoral juvenil de nuestra diócesis, que han venido participando del proceso formativo y que se les ha ofrecido desde la Comisión diocesana de pastoral juvenil, han elaborado el siguiente “norte de la pastoral de la juventud”: “Una pastoral de la juventud que en permanente actitud de salida, brinde a los jóvenes momentos de encuentro fraterno, en los que hagan experiencia de la misericordia del Padre, del amor del Hijo, de la fuerza del Espíritu Santo y de la cercanía de la Iglesia, que como madre y maestra, les acompaña en la construcción de su proyecto de vida, para ayudarles a fortalecer su vocación bautismal a la santidad, y puedan mantenerse firmes como seguidores de Jesucristo, y dar su aporte para transformar el entorno con los valores del evangelio”.

89.- Para plasmar este norte en acciones concretas es vital que, junto a los jóvenes que ya forman parte de la pastoral de la juventud, en los diversos grupos y movimientos apostólicos presentes en la diócesis, que sean capaces de profundizar el mensaje de la Exhortación Apostólica Christus vivit que, como fruto del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, nos regaló el Papa Francisco en marzo 2019. En mi VI Carta pastoral del 1 octubre del mismo año, que dirigí a los jóvenes sobre su misión evangelizadora, les decía que el ideal es encaminarnos a vivir con la juventud lo siguiente: “La juventud es un tiempo bendito, y el joven una bendición para la Iglesia y el mundo. Es una alegría, un canto de esperanza y una bienaventuranza” (Vive Cristo, nuestra esperanza, 135). Estas palabras de la última exhortación apostólica nos motiven a todos, fieles y pastores de nuestra Iglesia diocesana, a consagrarnos verdaderamente en el acompañamiento y construcción del proyecto de vida de cada uno de nuestros jóvenes” (Mons. José Manuel Garita Herrera, VI Carta pastoral No digas: soy joven, porque adónde quiera que te envíe, irás, n. 56, 1 octubre 2019). En efecto, se necesita conocimiento, tiempo, dedicación y consagración para acompañar a los jóvenes en la consecución del objetivo fundamental del proyecto de sus vidas.

CONCLUSIÓN

Una Iglesia que primerea

90.- La realidad social en la que vivimos tiende a llevarnos hacia la pasividad, a escondernos en nuestras supuestas y frágiles seguridades que nos brindan nuestras zonas de confort eclesial. Nos encanta la frase nada evangélica del “siempre se ha hecho así”, todo esto nos vuelve estériles como discípulos de Jesucristo, personas sin esperanza y presas de las ofertas inhumanas de falsa felicidad que se nos ofrecen hoy en día.

91.- A la luz de este Año Jubilar por el 25 aniversario de la diócesis y de las reflexiones de esta VII Carta Pastoral les invito a que evaluemos nuestro caminar como bautizados, que reforcemos aquello que estemos realizando bien, y que replanteemos lo que ya no responde a las necesidades actuales que evangelizamos. Es necesario que miremos el pasado para evaluar el presente que estamos viviendo, y poder así proyectar el futuro que nos espera y exige.

92.- En este sentido, para nuestra Iglesia particular de Ciudad Quesada urge “primerear”, que, en palabras del Papa Francisco, se trata de: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 24, 24 noviembre 2013). Primerear es, pues, ir adelante, no quedarse ni conformarse, tener siempre nuevos impulsos, ganas y deseos; dejarse llevar por el Espíritu, en fin, tener pasión por el Evangelio y la misión de la Iglesia.

Por tanto, ¡Atrevámonos a primerear!

 Primerear con nuestra vocación bautismal a la santidad.

93.- El mejor regalo que recibimos de nuestros padres de familia, ha sido, sin duda, el pedir a la Iglesia nuestro bautismo, y con él injertarnos en el Cuerpo de Cristo para que avancemos en este llamado a ser santos. La santidad no se entiende como si tuviéramos que entrar todos en un mismo molde, se trata de todo lo contrario, como lo explica de manera extraordinaria el Papa Francisco: «Cada uno por su camino», dice el Concilio. Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio». (Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate, n.11, 19 marzo 2018).

94.- Primerear en este aspecto es tomar conciencia de esta vocación a la santidad y, discernir a la luz de la Palabra y en la oración, cuál será el camino a través del cual Dios me llama a concretizar esta vocación bautismal; cuáles son los carismas que el Espíritu me ha regalado para ponerlos al servicio del bien común, y de esta manera transformar el entorno social y eclesial con la belleza de los valores del Evangelio, para poder ser antorchas en medio de tanta oscuridad, con actitudes de alegría y audacia, por supuesto con la fuerza del Espíritu Santo. ¡Atrevámonos a primerear!

 Primerear con nuestra espiritualidad de comunión.

95.- Si bien es cierto que esta vocación bautismal a la santidad es un llamado personal, sin embargo, su concreción no se realiza sino es en el seno de una comunidad eclesial. Precisamente este es el testimonio más hermoso que el Señor ha pedido para todos sus discípulos “No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17, 20-21). Vivir en la unidad y la intimidad del Padre y del Hijo, experimentar la comunión que suscita en la Iglesia el Espíritu. Sólo así será creíble nuestra fe y nuestro testimonio.

96.- Primerear en este aspecto de nuestra vida eclesial implica reconocer que no puedo prescindir de la vida de la comunidad ni de mi presencia y acción personal para el caminar de la vida comunitaria eclesial. Esta urgencia de ser y vivir en comunidad ha quedado patente a todo nivel en esta prueba de la pandemia que estamos viviendo alrededor del mundo entero, pues esta crisis se ha convertido en una especie de bofetada al ser humano para que despierte hacia los valores esenciales de la unidad y la solidaridad de los que había quitado la mirada y la atención.

97.- Primerear es crecer como Iglesia particular para ser conscientes de nuestra identidad eclesial, en la que no existe la “uniformidad”, sino la “unidad” que es obra del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, el reflejo más hermoso del amor Trinitario que estamos llamados a experimentar. Esta realidad y misterio, a la vez, de comunión eclesial, San Juan Pablo II la explicitó, de forma magistral, cuando escribió al inicio de este tercer milenio: “Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa, sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas”. (San Juan Pablo II. Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 45, 6 enero 2001). Se trata de todo un desafío y una espiritualidad para todos nosotros miembros de la Iglesia, como el mismo San Juan Pablo lo describió muy concretamente en el n. 43 del mismo documento. ¡Atrevámonos a primerear!

 Primerear con nuestra conversión pastoral.

98.- La conversión permanente, tan necesaria en nuestra vida personal como discípulos de Jesucristo, supone y exige estar renovando nuestro encuentro personal con Él. Pero esta conversión personal se debería reflejar también de forma concreta en la acción pastoral de nuestra Iglesia particular. Esta urgencia y necesidad es la misma que se nos viene presentando reiteradamente desde el Concilio Vaticano II y desde el Magisterio de nuestros últimos Sumos Pontífices.

99.- Primerear como diócesis, en esta conversión pastoral, es continuar mirando hacia el norte pastoral que los miembros de los Consejos parroquiales de pastoral redactaron después de unos meses de reflexión acerca del caminar pastoral de nuestra Iglesia particular. Este norte pastoral diocesano dice y pretende:

“Una Iglesia en salida, que vive la comunión como gracia y proyecto en el que tiene que provocar la cultura del encuentro, la revolución de la ternura y el contacto con la experiencia de la misericordia de la que ella misma es destinataria, que rompe con esquemas de pasividad, conformismo, comodidad y autorreferencia.”

100.- Una verdadera conversión pastoral no es dar un simple maquillaje a ciertas estructuras diocesanas o parroquiales que, por lo demás podemos considerar caducas, sino que se trata, ante todo, de revisar el espíritu evangelizador de las mismas y hasta dónde están respondiendo a la realidad en la que nos desenvolvemos hoy como discípulos de Jesucristo, pues, como dice el Papa Francisco: “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 26, 24 noviembre 2013).

101.- Además, primerear en una verdadera conversión pastoral de cada comunidad parroquial, es fortalecer el camino y experiencia de los Consejos parroquiales de pastoral, y desde ellos llevar a cabo anualmente las Asambleas parroquiales de pastoral, en las que todos los agentes de pastoral podamos evaluar juntos el camino recorrido e ir dando respuestas, con creatividad y responsabilidad, a las necesidades evangelizadoras que vamos descubriendo en nuestra realidad diocesana. ¡Atrevámonos a primerear!

 Primerear con nuestra alegría de ser discípulosmisioneros.

102.- El discípulo de Jesucristo, que se encuentra personalmente con Él, para hacer memorial de la primera llamada, se sabe y se entiende constantemente como un discípulo misionero y “Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16, 15). Pues ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él” (Benedicto XVI, Discurso inaugural V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, 13 mayo 2007). Primerear en este ser discípulos-misioneros de Jesucristo es propiciar, por medio de encuentros kerigmáticos, que las vicisitudes de esta sociedad tan líquida no nos hagan perder la fuerza que nos regala el Espíritu Santo, para ser testigos creíbles del Señor Resucitado.

103.- Al discípulo-misionero, que con su vida lleva la Buena Noticia del Señor adonde quiera que vaya, se le han de percibir su aguante, paciencia, mansedumbre, sentido del humor, audacia, fervor, identidad comunitaria y, sobre todo, su alegría fruto del compartir con los demás la experiencia de encuentro con la persona de Jesucristo, como bien lo expresó el Papa Francisco: “Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 10, 24 noviembre 2013). ¡Atrevámonos a primerear!

 Primerear con nuestra esperanza que no defrauda.

104.- En el significativo día de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, el Papa San Juan XXIII pronunció las siguientes palabras: En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia. Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia. ( San Juan XXIII, Discurso en la solemne apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 octubre 1962). Estas fueron las sabias y fuertes palabras del Sumo Pontífice, hoy San Juan XXIII, que inspirado por el Espíritu Santo se atrevió a primerear la vida de la Iglesia justamente con la realización del Concilio Vaticano II. Como es claro, se trata de palabras llenas de esperanza desde la siempre actuante presencia del Resucitado en su Iglesia.

105.- Un creyente sin esperanza no se atreverá a dar pasos firmes como discípulo-misionero de Jesucristo ya que “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9)” (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 85, 24 noviembre 2013). Por ello, siguiendo las palabras del Papa, la esperanza es contraria a todo pesimismo y derrotismo, se trata de un espíritu de certeza y convicción en la acción de Dios que lleva adelante su obra y los acontecimientos, mucho más allá de un simple optimismo humano. Por ello, la esperanza es una virtud teologal.

106.- Primerear como Iglesia diocesana, desde esta certeza de la esperanza que no defrauda, es ante todo gritar al mundo que los creyentes en Dios, discípulos misioneros de Jesucristo, llenos de la fuerza del Espíritu Santo, creemos firmemente que somos mucho más que la materialidad a la que esta sociedad de mentalidad mercantilista, utilitarista, consumista y de apariencias, nos intenta inclinar día a día. Esta virtud cristiana nos recuerda a todos nosotros que tenemos una certeza y convicción, y que: “Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (Papa Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, n. 31, 30 noviembre 2007). El amor que nos ha demostrado este Dios con rostro humano nos anima y sostiene en el presente, pero, al mismo tiempo, nos impulsa desde ya a la esperanza en el reino futuro.

107.- Queridos hermanos, como Iglesia diocesana, que por pura gracia y misericordia de Dios hemos llegado a estos primeros 25 años de existencia y camino, les invito y llamo: ¡Atrevámonos a primerear! Hagámoslo para retomar la herencia del pasado, desde nuestra realidad presente, y proyectando nuestro futuro eclesial y diocesano, con mucha esperanza, iniciativa e impulso renovado, conscientes de que: “Es la esperanza la que anima nuestro camino. Es ella la que nos impide olvidar la meta que nos aguarda. Y para llegar a ella, debemos avanzar apostando por la comunión y favoreciendo todo lo que nos ayuda a ser una comunidad, signo-sacramento, de verdadera caridad de la que nace la unidad. Solamente desde el testimonio de unidad que ofrezcamos como Iglesia diocesana, seremos un signo creíble ante un mundo cansado de divisiones y ambigüedades” (Mons. José Manuel Garita Herrera, I Carta pastoral: La Esperanza no defrauda, n. 2, 1 enero 2015). Que esta esperanza nos anime e inspire siempre para que, desde la fe y con un verdadero compromiso en el amor, seamos y vivamos en la Iglesia como auténticas piedras vivas.

En la sede episcopal, a los 25 días del mes de julio del Año del Señor y Jubilar 2020, Fiesta de Santiago, apóstol, y XXV aniversario de la creación de la diócesis de Ciudad Quesada.

MONS. JOSÉ MANUEL GARITA HERRERA.

Obispo de Ciudad Quesada.